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lunes, 18 de febrero de 2019

El germen de la autodestrucción (probadita)

Hola. ahora les comparto el primer capítulo de mi novela "El germen de la autodestrucción". Es una novela un poco diferente. Se trata de una bildung roman que se gestó hacia 1971 y desde entonces ha venido madurando. Es una novela setentera (El cronotopo ocurre en la Ciudad de México entre 1971-1974, con escapadas a algunas provincias)
NOTA:
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CAPÍTULO I.


Víctor Castelán, al buscar las causas de sus conflictos interiores, se daba cuenta de sus carencias teóricas, pues creía que con el materialismo dialéctico podría resolver cualquier clase de problema, incluídos los psicológicos y la búsqueda del amor. “He leído literatura revolucionaria,” pensaba. “Pero no la parte teórica y básica del socialismo científico”. Él y los de la brigada salieron a entrevistar a muchos conductores del transporte público. Los resultados fueron desalentadores: los choferes parecían mostrarse conformistas; o, de plano, recelosos y pesimistas. Raquel creía que se debía a que no estaban bien hechas las entrevistas, pero Víctor no podía más. Sentía que su personalidad se derrumbaba y se desmoronaba sin ver salida alguna. Cuando trataba de resolver sus conflictos interiores, lo único que hacía era cometer un error tras otro. No encontraba la salida; lo único que cosechaba, era la desilusionante conclusión de que los obreros desconfiaban de los estudiantes sin preocuparse por ocultar su recelo.  No podía resolver sus problemas y empezaba a considerar la posibilidad de retirarse de la brigada; Julián, su amigo, también estaba en una crisis similar: pertenecía a una acaudalada familia de la colonia Polanco, vivía en constantes fricciones con ella, se negaba a llegar temprano a casa, a no escuchar Radio Habana y a dejar de leer. Su madre lo amenazó con sacarlo por medio de la policía si volvía a llegar entrada la noche.

Víctor estaba nervioso, pues el día anterior, en el coche de Raquel, Carlos le había dicho que iban a juzgar a unos líderes del movimiento estudiantil del 68. Eran los que unían al grupo de Víctor Rico Galán, un famoso periodista izquierdista, con el funesto 2 de octubre del 68. Víctor Castelán portaba unos lentes de arillo metálico, hexagonal y de cristales verdes, para verse a la John Lennon, pues estaba un poco acomplejado por saberse mestizo. Siempre vestía con pantalones acampanados y ropa de color chillante. Envidiaba las barbas de Fidel Castro, pues a él sólo le crecía una incipiente piochita. Rondaba los veinte años de edad, en tanto que Raquel era una mujer joven, de veinticinco años, delgada y de ojos rasgados con los que podría pasar por una agente de la China comunista.

Pero las cosas no se revolucionaban con la rapidez que él deseaba; y, aun así, todo cambiaba: las actividades de la brigada tarde o temprano se reanudaron. San Pedro Xalostoc era el objetivo. Cercano al Distrito Federal, este polvoso pueblo estaba lleno de fábricas, chimeneas humeantes y un montón de fierros oxidados. Las calles eran de terracería; cuando llovía, se convertían en unos lodazales repulsivos, y cuando no, era el polvo y el humo lo que se respiraba en ese lugar. Ahí estaba Raquel, charlando con unos obreros, escogidos casi al azar. Era persuasiva. Consiguió el nombre y domicilio de Monleón, un chofer que pronto estaría reclutado al movimiento. Este hecho reanimó no sólo a Víctor, sino a Julián, a Rosa y a todos los miembros de la brigada. Parecía que al fin estaban rompiendo el hielo que existía entre la clase trabajadora y los estudiantes.

Los de la brigada se reunieron en el parque “Hundido” del Distrito Federal. Era un día luminoso, por la mañana. Las tórtolas enriquecían el ruido ambiental con sus cánticos, que alternaban con el rumor de los neumáticos y las hojas de los árboles mecidas por el aire de la otrora región más transparente del mismo. Bueno, ya está suave, dijo Pedro, vamos a empezar de una vez. Raquel se colocó sus lentes.

–Orden del día –dijo Raquel.

Se entabló una larga polémica, sobre si debía iniciar Raquel, o si ya se estaba burocratizando la brigada, que si había que votar por alguno de los otros «ponentes», que si someter a votación el tema era democrático o una práctica pequeño-burguesa, etc., etc. «Por eso la teoría de la huelga de masas de Rosa Luxemburgo no condujo a nada» pensaba Julián. «No hay duda de que el método vertical de Stalin era mucho más eficiente». Tras de una hora de discutir el tema, se acordó por mayoría de votos que Raquel leyera su orden del día, la cual estaba estructurada en una serie de puntos. Apenas dijo una frase y se detonó otra discusión de largos vuelos. Se debatía cuál debía ser el primer punto. Me parece absurdo discutir eso ahora, interrumpió Emilio el debate. Es un problema epistemológico que lleva discutiéndose hace dos mil años y no creo que puedan resolverlo aquí y ahora. Y aunque la discusión la ganara Pedro ¿Cómo vamos a saber qué es lo general? ¿La huelga de Xalostoc? ¿O el asunto de Vìctor Galán? Por eso creo que es mejor empezar con los asuntos tal y como los trae Raquel, dijo Víctor ¿Pero cómo no vas a saberlo? Dijo Pedro. La información es lo general.

–Oye –le preguntó Rosa a Emilio –¿Cómo dijiste que se llamaba el problema?

Rosa no parecía ser hermana de Raquel. «Rosa» era su alias. Su nombre verdadero, Julián, Mauro y Víctor nunca lo supieron. El seudónimo había sido elegido en honor a Rosa Luxemburgo.

–Epistemológico –Respondió Emilio, con gran autosuficiencia.
–Gi, gí –¡Cada palabra que inventas! –Dijo Rosa–. Pues yo creo que Pedro y Víctor no están de acuerdo con el método, pero veo que están de acuerdo en que se comience por la información.

¿Es necesario seguir boteando en los camiones? Lanzó Raquel la inquietante pregunta. Se informó que Mauro estuvo a punto de ser detenido por la policía: cuando arengaba a los pasajeros de un camión, un agente del orden lo tomó del brazo. El camión del servicio urbano estaba repleto de pasajeros. Era una hora pico. Venga conmigo joven, ¡jálele! Dijo un policía, sujetando con fuerza a Mauro por el brazo ¡Suélteme! Mauro movió el brazo de arriba hacia abajo varias veces hasta zafarse y saltó del camión en plena marcha. El chofer cerró la puerta cuando el policía iba a saltar y no frenó, a pesar de los timbrazos del oficial, hasta que había transcurrido un kilómetro y así abortó la persecución.

Se llegó al acuerdo, dijo Raquel, que los trabajadores debían botear, pues así los estudiantes podremos organizarlos mejor y ponerlos en contacto con otros grupos de obreros en lucha. Es un acto de cobardía pequeño-burguesa que ellos se expongan y que nosotros nos limitemos a dirigirlos, protestó Carlos. «Desgraciadamente», respondió Raquel, «nosotros somos la conciencia de la clase obrera. Ellos están enajenados, no están conscientes de su situación. No podemos darnos el lujo de que la policía nos capture. Pero necesitamos del dinero del boteo para mover la organización».

“Botear” era un verbo acuñado para describir la actividad de realizar una arenga pública contra el sistema y pedir una colaboración económica para poder enfrentar al aparato de Estado. El dinero se depositaba en unas latas de leche en polvo vacías, la tapa tenía una ranura, a modo de alcancía. Los brigadistas a menudo se sorprendían por la cantidad de gente que cooperaba con ellos: ancianas, amas de casa, burócratas, niños, obreros. Era evidente el malestar de la población con el gobierno en turno. A menudo las ancianas les daban unas escasas monedas acompañadas de muchas recomendaciones y apoyo espiritual.

–Cuídense mucho jóvenes, y que la virgen los proteja– dijo una viejecita al otorgar su cooperación, acompañando su donación con una temblorosa persignada. A Emilio le parecía más valioso este gesto que los pocos centavos otorgados por la mujer octogenaria.

Tras otro largo y difícil debate en pro y en contra, donde brillaban discursos tanto de los duros como de los moderados, Raquel avanzó un poco más en su programa. El tercer punto, dijo la muchacha, mirando a todos desde sus lentes de lechuza, se trata de una crítica a una asamblea a la que asistieron Carlos, Julián y Víctor.

Los aludidos, por primera vez, permanecieron quietos, sin debatir. Estaba genial la música de fondo, recordó Carlos, rompiendo el silencio. Sí, dijo Julián. Me parece que era el Bolero de Ravel. El auditorio donde se llevó a cabo esa asamblea era el de un conocido sindicato de electricistas. Estaba alumbrado casi en penumbras, un tanto sucio y abarrotado de todo tipo de proletarios, excepto un señor de lentes de arillo metálico dorado, bien peinado y vestido con una camisa de rayas blancas y azules verticales, planchada con pulcritud; sin duda, era rico y estaba fuera de lugar. La música del célebre compositor francés había sido puesta como un reiterado fondo musical, mientras llegaban a la palestra Valentín Campa, Demetrio Vallejo, los líderes del SNTE y del Sindicato Mexicano de Electricistas. Una bailarina danzaba sobre el escenario. Era una líder estudiantil del 68 excarcelada. Luis Echeverría la liberó al tomar posesión como Presidente de la República. Sus piernas estaban algo rollizas y aclaró que le engordaron durante la prisión, lo cual era un duro castigo para ella. La mujer giraba a modo de que el vestido volara y dejase ver sus muslos. Un orador había recomendado que los espectadores prestaran atención a sus piernas, pues estaban marcadas con las cicatrices que los torturadores le habían provocado.

Carlos tomó la palabra, para informarnos de lo que le hacían los malvados patrones a los pobrecitos obreros y dijo que el primer orador se la pasó tres horas hablando, que no propuso ningún medio de lucha y que por eso la asamblea se desmanteló. De por sí, ya estaban aburridos de oír el Bolero de Ravel una y otra vez. Es una lástima, pues ahí se iba a concertar una alianza entre camioneros, ferrocarrileros, una tendencia democrática del SNTE, los electricistas independientes, los estudiantes y los obreros concientizados; por cierto, el otro error fue dejar hablar al líder de los maestros antes que a Valentín Campa, pues lo único que hizo fue darse golpes de pecho y ya no quedó nadie. La sala se vació. Es verdad, dijo Víctor. Ninguno de los brigadistas oyó a Campa. Tuvimos que retirarnos, aburridos de tanto sentimentalismo. Cuando Julián me estaba sugiriendo que nos retiráramos una voz gritó «¡Un policía! ¡Un policía!» Alguno de los oradores identificó al hombre de la camisa de rayas azules como un soplón del gobierno y se armó un tumulto. En eso, dijo Julián al oírse aludido, uno de los líderes tomó la palabra y pidió calma. Dijo que se trataba de un acto de sabotaje. Otra voz pidió linchar al supuesto delator.

–¡Es un provocador! –Arengaba un orador– ¡No caigamos en la tentación de maltratarlo! ¡Eso es lo que están esperando para entrar a reprimirnos!

Campa hizo que se suspendiera la asamblea hasta que se calmaran los ánimos, dijo Julián. Como nos pusieron de nuevo el Bolero, y el intermedio se hacía cada vez más largo, les dije que nos fuéramos. Víctor quería seguir oyendo el Bolero y tuvimos que esperarnos hasta que se acabó. Ya ni la friega. Sí manito, ya ni la chingas, dijo Carlos, dándole un pequeño golpe a Víctor.

–Ja, ja, ja –Rieron a coro todos los brigadistas.

El penúltimo punto de Raquel giraba en torno a Monleón, un chofer que no sabían si era de los suyos o un infiltrado. No lo podemos «cortar» pues es dice ser nuestro más fiel seguidor, dijo. Al menos, en apariencia ¿Qué hacemos con él? Yo pienso que nos está saboteando, intervino Julián ¡No hay tiempo para pensar! Dijo Raquel, afligida porque llevaba varias horas exponiendo los puntos de su orden del día. Bueno, ahora pasemos al tema de la Comisión de Seguridad ¡Pero ya, porque ya me quiero ir! ¿Comisión de seguridad de qué? ¡Hay que analizar! Dijo Pedro. Si analizamos nunca vamos a salir de aquí, protestó Raquel.

La comisión es para los seudónimos, dijo Víctor. Para que no nos reconozcan «los tiras» y para la coartada si nos agarran ¡Exacto! Dijo Raquel ¿Alguno ha pensado qué nos pasará si caemos en manos de la policía? N’ombre ¡Quién se va a fijar en nosotros! Si estuvieramos haciendo guerrilla, estaría de acuerdo, dijo Pedro.

La sesión concluyó. Nadie se resistió a preguntarle a Pedro porqué hablaba como cubano si era de Sonora. La explicación que dió es que estuvo como voluntario en Cuba cortando caña por más de dos años. Y se le pegó el acento. Los brigadistas de los niveles inferiores estaban deslumbrados. Al principio de los setenta eso deba mucho prestigio; algunos, incluso hasta secuestraban aviones para poder asilarse en la isla caribeña.

Víctor, por su parte, quería meditar más y más sobre lo que ahí había pasado. Sentía que se estaba quedando al margen de los acontecimientos. Se despidieron. Él, Mauro y Julián se fueron en grupo a visitar a la profesora Ruth. Fue en el departamento de ella donde se conocieron Julián y Víctor. Ambos buscaban afiliarse a un movimiento socialista hasta que Ruth los citó a una reunión, por la noche. Era un sábado de 1971 y fue en ese lugar que conocieron a Iñaki, a Josefina, a Max y a Lolita.

Josefina y Víctor ya se conocían desde la infancia. Pero sólo fueron amigos durante un año. Josefina se fue a vivir a otra ciudad. La soledad invadía a Víctor, quien creyó que al reencontrarse con su antigua amiga podría encontrar el amor. Hacía unos meses atrás que la había visitado, con el pretexto de ir en busca del movimiento socialista. El reencuentro fue bastante descorazonador para Víctor. Josefina era la pareja de Iñaki; al menos, éste parecía ser su novio, pues aunque ni se abrazaban, ni se besaban, ni se tomaban de la mano, sí dormían juntos, lo cual no dejaba lugar a dudas respecto al nivel de relación íntima que sostenían. Iñaki era un poco pedante, pero deslumbraba a todos narrando un cuento, fruto de su inspiración. La historia iba bien, hasta que de pronto, decayó su calidad y Max estalló en risas.

–Ahí estaba la puta, frente al bidé, abierta de piernas –decía Iñaki, sin poder concluir su relato, a causa de las risas.

La señora Ruth, en cambio, no sonreía, y con la lengua, hacía ruidos de reprobación. Iñaki no pudo concluir su relato porque estaba muerto de la risa. A ruego de Josefina, narraron, o más bien, actuaron un chiste que duró media hora. A pesar de su larga duración, el relato no dejaba distraerse a nadie, y hacía reír todo el tiempo a la concurrencia.

–Me caes muy bien –le dijo Julián a Iñaki, cuando éste terminó su relato–. Deberíamos reunirnos más seguido.
–Me parece buena idea –respondió Iñaki– ¿Qué te parece si intercambiamos direcciones?

De esta manera, los nuevos amigos iniciaron una serie de visitas a la señora Ruth, todos los sábados, por la noche. Junto a las creaciones literarias de ese curioso par, sonaba la cuarta sinfonía de Mahler y la profesora los agasajaba con varios litros de té de jazmín.

Iñaki encontró a un gran amigo en Julián y aceptó ingresar a la brigada. Asistió a las reuniones de «praxis política» y escuchó a Monleón, un chofer. Las relaciones de la brigada con los trabajadores le dejaron una sensación de insatisfacción. Puso el dedo en la llaga: insistió en que la brigada debía prepararse en el campo de la teoría. Esto trajo consigo ríspidas discusiones con Raquel, quien tenía una mentalidad pragmática. Para sorpresa de Víctor, Emilio entró a la discusión apoyando a Raquel. Porque Emilio estaba consciente de las carencias teóricas de los demás brigadistas y a menudo hacía hincapié en la necesidad de hacer ciertas lecturas, como los libros de Althusser. El debate fue uno de los más reñidos en la historia de la brigada. Pasaron las horas y la balanza no se inclinaba por ningún lado, hasta que Emilio decidió tomar una decisión draconiana.

–De seguir así –dijo, enojado–, la brigada tendrá que dividirse en un grupo teórico y en otro práctico.

Como Julián estaba deslumbrado por Iñaki, lo obedecía cada vez más y dejaba de asistir a la brigada, para sorpresa de Mauro y de Víctor, los brigadistas más afines a él. Llegó el momento en que la madre de Julián le prohibió a su hijo salir a cualquier lugar que no fuese la escuela. Estaba becado y le faltaba un año para ingresar a la universidad. Trató de seguir como becario, pero desobedeció las duras reglas impuestas por su madre, quien, en un arrebato de ira y para castigarlo, logró que le quitaran el estipendio, pero no consiguió doblegarlo: Julián se fue a dormir al departamento de Iñaki mientras que éste hacía cada vez más atractivas las reuniones en casa de la profesora Ruth; ella, con su hospitalidad, contribuía a que las sesiones se alargaran hasta la media noche: les servía café colombiano, té de jazmín, galletas y una multitud de platillos deliciosos, servidos en vajilla de porcelana china.

En uno de los muros de la pequeña sala, había un poster que tenía un eslogan: «Los setenta, ¡qué suerte de vivirlos!» Contrastaba la belleza de la frase con la imagen de un soldado norteamericano encañonando por la sien a una anciana vietnamita y llorosa. Fue cuando Víctor conoció a Lolita, la hermana menor de Max. No se parecía en nada a la Lolita de Nabokov, salvo en que era rubia y menor de edad. Ella era casi enana, tenía cuerpo de niña y vestía a la usanza hippie, casi como Janis Joplin; su hermano, en cambio, vestía de saco sport de pana y fumaba pipa con tabaco aromático. Lolita se moría de ganas por ir al festival de rock de Avándaro y todos la trataban con indiferencia. Sin pensarlo mucho, invitó a Víctor, pensando que él sería su cómplice en tal aventura.

–Oye maextro –dijo Lolita –¿Te pasa el rock?
–Bueno, sí. Me gusta –respondió Víctor, con toda la diplomacia que pudo proyectar.

La verdad es que los gustos rockeros de Víctor eran anticuados. El último acetato que había oído con interés era el primer disco de los Doors. Ni siquiera había escuchado con atención las producciones posteriores de este afamado grupo. La música de Janis Joplin, Led Zeppelin o de Jimmy Hendrix le parecía una verdadera tortura auditiva. Tal vez la estancia en la facultad le había modificado los gustos.
–Los toquines de Hendrix son verdaderas manifestaciones contra Ronald Reagan, maextro –le decía Lolita a Víctor.
–Vámonos a Avándaro –decía Lolita–. Además del festival de rock va haber una carrera de motos, es buena onda.

“La mesa está servida” pensó Víctor. “No puede ser verdad tanta dicha. Esta chava está liberada y me está invitando sin cohibirse a la aventura. Puedo llegar muy lejos. Lo que no me gusta es su estatura. Se me hace que es una niña y si es así, me voy a meter en muchos líos si le sigo la corriente”. Órale, llégale maextro y nos vamos aunque sea tú y yo solos. Pero… es que apenas te acabo de conocer y no sé ni qué onda. Ya vas, te vas a arrepentir. Ella se ofendió, pero Víctor no le dio mayor importancia al incidente.

NOTA:
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