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martes, 12 de febrero de 2013

Serpientes en Xalapa

No me refiero a narco-políticos, ni a críticos musicales ni a cualquier ser humano que por un símil literario sea candidato a tal definición, sino a los seres que originalmente se designaron con ese nombre. Me refiero a los reptiles sin patas que se mueven serpenteándose, arrastrándose por el suelo y que pueden ser venenosos si pertenecen a determinadas especies: coralillos, cascabeles, cobras, mambas, nauyacas y demás animalitos que en minutos nos pueden privar de la vida con una simple mordida o escupitajo.
El caso es que el 10 de febrero de este año me llevé un susto marca diablo: estuve a punto de pisar con la bici una serpiente o culebra de un metro de largo y cinco centímetros de diámetro en el abdomen. O sea, estaba gordita la serpiente.
En Xalapa está documentado que sí existen algunas especies endémicas: al menos los coralillos y las nauyacas sí son originarios de estas tierras. Y, si no me equivoco, también hay algunas variedades de víbora de cascabel. Lo más interesante del asunto es que por esta época del año les da por salir. Las razones son diversas: salen a tomar el sol, a aparearse o a conseguir comida. Hace cincuenta años era más probable toparse con ellas: en mi caso, nosotros vivíamos en una casa que está frente a la Gruta de la Orquídea, esquina con la avenida Ruiz Cortines del primer tramo de la Colonia Federal. En la actualidad, esta casa forma parte de lo que hoy es la Escuela de Turismo de Humberto Vicuña. Entre 1946 y 1962 los Vicuña vivían del lado de la Avenida Miguel Alemán y, justo a la mitad de lo que hoy es la referida escuela, había un muro divisorio. En algún recoveco de la parte inferior de esa barda había un nido de coralillos. En Xalapa hay varias especies de culebras parecidas a los coralillos, que no son venenosas. Pero esos coralillos sí que lo eran. Yo nací en 1952. Estaba haciendo ejercicio al aire libre. Tal vez era 1960, aún no sabía leer. Pero sí sabía lo que era una serpiente, ya algunos arrieros del lugar habían matado a una cascabel con la que le puse un susto marca diablo a mis padres. Se decía que la Gruta de la Orquídea estaba comunicada con el Parque Juárez y otra gruta del Cerro del Macuiltepec por pasadizos subterráneos que eran la dicha de los espeleólogos, los cuales tenían que andarse con cuidado, pues hubo quienes se toparon con al menos una nauyaca. El caso es que claramente vi como una coralillo se metió más fresca que una lechuga a mi patio. Armé un gran escándalo pidiendo auxilio, sacamos a los patos que mi padre criaba, los adultos armaron y encendieron antorchas y se organizó la caza del reptil.
-Ahí cayó un pato. De prisa, la víbora está vulnerable pues acaba de descargar el veneno.
No sé si el bicho cayó prisionero esa vez o logró escapar. Pero la prueba de que yo no mentía es que los Vicuña tenían un simpático perrito de raza chow-chow que enfrentó valientemente a otro bicho de estos y murió lamentablemente, entre horribles estertores, envenenado por la temible serpiente. Creo que murió en quince minutos. Quizá eso llevó a los humanos a investigar a dónde estaba el nido, el cual, por fortuna fue localizado.
Con el crecimiento de la mancha urbana, el hábitat de las especies silvestres ha estado desapareciendo, lamentablemente -y por fortuna, en el caso de los reptiles ponzoñosos- y el ser humano es implacable. Tan sólo por mi rumbo, el Predio de la Joyita una vez más se ha visto afectado por la actividad depredadora humana. Y el río de aguas negras que corre paralelo a la Avenida Murillo Vidal desde la Unidad del Valle hasta Las Ánimas (me gusta ese nombre, suena a película de terror), está siendo entubado, lo cual lleva a taladrar, dinamitar y desbrozar la maleza. De momento está afectando el entorno y el hábitat de muchas especies, pero a la larga será benéfico, toda vez que está saneando un manto acuífero que hoy por hoy está contaminado.
Por mi parte, ya pertenezco a la categoría de los viejos: si bien estoy en la categoría de viejo nuevo (también puedo aplicar para la de nuevo viejo), ya tengo credencial del INAPAM. Quiero decir que, por muy buena que sea mi constitución genética, ya empiezo a tirar aceite por algún lugar: con el estrés se me sube la presión, tengo tinitus, tal vez relacionado a la presión alta. Además, de algo nos hemos de morir. Bien dice el refrán: cuando te toca, te toca aunque te quites; cuando no te toca, aunque te pongas.
El caso es que, como ya no debo correr a pie, a causa de un crecimiento llamado pico de perico que me puede romper el principal tendón de la pierna izquierda, ahora hago ciclismo. El ciclismo es maravilloso: con una hora de practicarlo al aire libre, se te normaliza la presión, se te quita la neurosis y el mal humor, tu cuerpo se desintoxica y, tras unos cuantos estiramientos y un baño con agua moderadamente caliente, tu cuerpo y tu mente se llenan de un estado de felicidad similar al que se genera después de haber estado de vacaciones en la playa. En serio, no miento.
Desgraciadamente, en Xalapa, las calles y avenidas no están pensadas para los ciclistas, quienes tenemos que escoger entre violar el reglamento de tránsito circulando por las banquetas peatonales, o arriesgar la vida haciéndolo en las pistas para los automóviles. Particularmente bestias son los choferes del Servicio Urbano, aunque la bestialidad no es exclusiva de ellos: hay muchos automovilistas que se la disputan, sean taxistas o particulares. Debo admitir que la mayoría son gente decente que sabe respetar. Pero hay un 10 o 15% que son verdaderos asesinos al volante.
Otro problema con el ciclismo son los perros. Hay un vecino que saca a pasar su enorme y estúpido rotválier a la misma hora que yo. A esa fiera le encantaría hincarme el diente. Hasta ahora no ha podido, pues su dueño lo ha sujetado con fuerza. Pero el día que se le rompa la correa... Afortunadamente, lo saca a pasear a las trece treinta y ya sé cómo hacerle para no toparme con ellos. Pero no es el único humano que pasea con especies peligrosas. Ante ayer, previendo no toparme con aquella pareja infernal, salí un poco más tarde y me topé con otra: un hombre joven paseando a su perra doberman, una hembra color de caca con estreptococo dorado. Afortunadamente, no había automóviles en la Murillo Vidal y los rebasé. Debo admitir que la perra, aunque paró las orejas ante mi presencia, no hizo mayor alharaca. Lo que pasa es que esa especie me pone muy nervioso: era la que usaban los nazis para matar humanos, debido a que son animales muy inestables que incluso pueden desconocer a su dueño y asesinarlo.
Como decía, febrero es un mes que le gusta a los reptiles para salir a pasear; un sitio que les agrada es el fallido fraccionamiento La Herradura, por el que tengo que pasar para ir de la avenida Murillo Vidal al Parque Natura si quiero hacerlo prescindiendo de mi automóvil. Es claro: si paso por ahí en bici, llego en ocho minutos, si lo hago en automóvil, me tardo una hora.
La víbora en cuestión era de esas de color café verdoso, muy similar al de la perra color de caca con estreptococo dorado que vi al entrar a la avenida. No se cómo fue, pero la vi que salió corriendo en diagonal, adelante de mi y la alcancé con la bici. Pasé muy cerca de ella. Pensé en dar vuelta en "U" y quitarme de problemas, pero yo traía los pedales Quartz enganchados y llevaba ya bastante velocidad, misma que me sirvió para huir. Lo más irónico del asunto es que yo ya había dado por terminada mi sesión: había llegado a la Avenida Murillo Vidal para emprender el regreso: estuve cerca de una hora pedaleando en el Natura. Clarito escuché cómo rozaba el animal el suelo cada vez que serpenteaba. La verdad es que se movía lo más rápido que podía, tal vez también estaba asustada. O los pedales le hacían un efecto que la distraía. No sé, pero no me gusta toparme con este tipo de animales rastreros. Hace un año o dos, en ese mismo tramo, me topé con un ejemplar de rayas rojas, negras y amarillas. Era pequeño. Pero en lo que averiguaba si era falso o verdadero, pegué un grito y pasé a veinte centímetros del animal. Salió de una tapadera del drenaje, no tuve tiempo de frenar o darme la vuelta, sólo pude considerar pasarle la rueda por la cabeza, con el riesgo de que me esquivara, saltara y me mordiera. Aquella vez, el reptil medía unos quince o veinte centímetros y era lento. Este era grande y veloz.
¿Cómo fue que me metí en este lío? Para empezar, mi esposa y mis hijos planeaban salir a comer. Pero sin ningún plan. Ya sé cómo es eso: mi hijo viendo la computadora, ellas arreglándose o haciendo cualquier cosa, dejando que el tiempo corra y sin concretar. Así pueden pasar seis horas y al final, deciden quedarse en casa, sin haber hecho algo interesante durante ese lapso, lo cual me pone de muy mal humor. Yo ya tenía planeado pasear en bici: trato de hacer una sesión a media semana y otra los fines de semana, a fin de reducir el riesgo de un infarto del tipo "ejercicio de fin de semana". Incluso invité a mi hijo a pasear, pero él venía cansado: había estado practicando karate.
Como vi que mis familiares no tenían un plan y si grandes probabilidades de meterse a una tienda departamental en vez de comer o ir al cine, decidí ir a pasear yo solo. Pareciera que el destino me quisiera castigar por mi carácter antisocial, que en realidad no lo era: los que no quieren ir a las áreas verdes son ellos. Insisto: cada vez que voy al Natura siento que resucito, para mí es vital. En cambio, ir a un centro del capitalismo moderno a atiborrarme de sodio, soya y jarabe de alta fructosa de maíz sin sudar las toxinas, siento que me llena de malestares físicos y emocionales. Con excepción del cine, claro está.
Bien, el destino empezó la guerra contra mí así: desde que llegué a la Murillo Vidal me topé con el tipo de la doberman color de caca con estreptococo dorado. La tuve que rebasar bajándome a la cinta asfáltica. En el Parque Natura había mucha gente: el día estaba asoleado y muchos aprovecharon el "puente" vacacional del carnaval. Lo que significaba no puedes ir rápido porque los vas a atropellar. En la entrada del Arco Sur había muchos coches estacionados, lo cual era inusual pero peligroso para un ciclista. Ya adentro del parque, me topé con un zopilote (un ave carroñera) el cual también se cruzó en mi camino, de derecha a izquierda, como la serpiente. Un ave de mal agüero. Estuve a punto de alcanzarlo: iba en descenso rumbo al estanque de los patos. Claramente le vi la cresta colorada con verrugas y su pico amarillo mostaza.  Saqué la conclusión de que una bici en descenso es tan rápida como un ave de rapiña volando. Pasando el lago, casi llegando a la sección donde pasa el río de aguas negras que están entubando, me topé con una ardilla que no se movía: me esperaba de frente ¿O estaba paralizada de terror? Después de todo, yo descendía a la velocidad de un halcón peregrino. Grité para que se asustara y se quitara de mi camino, pues yo no era un depredador que tuviera interés en hacerle daño. La ardillita se asustó y corrió a meterse entre la maleza. Terminando el primer circuito, decidí alargar mi paseo hasta llegar al Arco Sur, para regresar por la entrada de la Universidad Anáhuac y pedalear hasta que mi cronómetro marcara la hora. Entré de nuevo al Natura y llegué hasta la fuente que está junto al estacionamiento. Una familia que pasaba por ahí me preguntó por las salidas del parque, yo les expliqué que les convenían dos: la de la Herradura y la del Arco Sur. Los animé a salir por esta última, pensando en su seguridad.
-¿Traen coche?
-No.
-Entonces, sigan derecho, hasta topar con el Wall Mart.
-Sí, gracias.
Esta salida me pareció que les daría la sensación de llegar a la civilización, con muchos chances de tomar un taxi o un camión, aunque les faltaba cerca de un kilómetro o dos. Como yo traía los pedales Quartz conectados, me di la vuelta en "U" mientras les explicaba y me lancé de nuevo hacia el Arco Sur. Finalmente, mi cronómetro marcó la hora. Me dirigí al fraccionamiento La Herradura y salí sin mayores contratiempos, hasta acercarme a la Murillo Vidal, sólo para percatarme de que el tipo de la doberman color de caca con estreptococo dorado ya veía regresando y que se me adelantaría. Ahora no sólo tendría que bajarme a la cinta asfáltica, sino tomarla en sentido contrario. Decidí que era mejor darme otra vuelta en La Herradura. La primera la di muy bien. La segunda vez tomé la decisión de no avanzar hasta la Murillo y entrenar con las velocidades altas, considerando que era una planicie o incluso una subida ligera: tenía que aplicar más fuerza, estaba feliz. Venía pensando que si hubiera tomado rumbo al Distrito Federal, con la hora que llevaba pedaleando ascendiendo las lomas del Parque Natura, ya podría estar llegando a la planicie de Perote: probablemente ya habría pasado Las Vigas, a 30 kilómetros, saliendo de Xalapa. En eso percibí que la víbora se movía aceleradamente, como si viniera hacia mí. Pero pronto era ella la que corría aceleradamente delante de mí. Grité.
-¡Ay cabrón!
Aceleré el paso. La rebasé. La dejé atrás. No quise mirarla. Fue algo tan instantáneo como cuando el zopilote alzó el vuelo y se cruzó en mi camino: durante un tramo íbamos a la misma velocidad, tanto el ave, como el humano y el reptil. Por cierto que cuando pasé junto al zopilote me acordé de La Iliada de Homero y las "aves de mal agüero" que cruzaban el firmamento anunciando malos momentos a algunos personajes. Pensé que el zopilote era de mal agüero porque come carroña y, ver uno o más de su especie cerca, es una señal muy probable de que hay un muerto por ahí. Y podría tratarse de un cadáver humano. Apenas lo pensé y me salió de frente el tranvía que esporádicamente trabaja ahí. Me dio tiempo de esquivarlo con calma, pero, de haber seguido soñando con La Iliada, me habría dado de frente con él. Algo parecido me pasó en el tramo que conecta al Natura con La Herradura: yo venía en descenso, el tramo era angosto y se apareció un taxi, que venía saliendo de un rancho vecino al parque ecológico. En ambos casos, yo iba rápido. Tuve que tomar mis precauciones para no chocar.
Días antes, pensé que me vería en un aprieto si me salía una serpiente en La Herradura con los Quartz conectados. La maldita ley de atracción. Es muy poco probable que eso suceda. Y si sucede, me doy la vuelta en U y me voy por el otro camino. La vez pasada pude aplastar al pequeño reptil. Ahora casi me le entregué. Afortunadamente, no me mordió ¿Me andaba buscando la serpiente para atacarme? ¿Me quería cazar y se arrepintió? ¿Estaba buscando una posición para tener un buen ángulo de tiro? El caso es que se movía muy apresuradamente, al compás de mis pedales. La verdad es que a veces las ardillas o los conejos han corrido así junto a mí.
También se puede describir la forma en que el reptil se me acercó como la de los perros que se le arriman a los coches y las motos, mientras les ladran tratando de morderles una rueda. Entonces, creo que sí se me acercó con ánimo de morder pero me le escapé. O se asustó al ver que le iba a pasar la llanta encima.
Tal vez ni di la vuelta extra en La Herradura y todo ocurrió al primer intento. No importa. Lo que si importa es que, cuando venía subiendo, un tipo que venía enfrente, en la otra orilla del camino, me vio y se metió apresuradamente a la maleza. Traía una manta blanca enrollada en el antebrazo izquierdo. Era raro. Me vio y se metió apresuradamente a la maleza. Fue extraño. No dijo nada, pero su reacción era como de esconderse. Como se me hizo raro, tal vez fue cuando opté por poner las velocidades en las estrellas grandes (lo equivalente a andar en quinta en el automóvil) para salir lo más rápido de ahí, pues ya había alcanzado la parte alta de la subida. Cuando lo dejé atrás y estaba feliz por andar ejercitando las piernas, tal vez oí un ruido parecido al de una botella de plástico con agua cayendo al suelo. Bajé la vista al suelo y, en vez de ver mi botella rodando, vi al reptil. Me rebasó por la izquierda. Se desplazó hacia la derecha. Yo me le acerqué probablemente a unos treinta kilómetros por hora. Cuando me le acerqué al zopilote iba a una velocidad similar. En la naturaleza, esa ya es una velocidad respetable, aunque hay animales que alcanzan los 100 km/h. Lo que quiero decir es que yo llevaba una velocidad de ave de rapiña y eso pudo persuadir al reptil. Tal vez mordió la llanta o una parte metálica. O la botella de plástico (y tomé agua después, sin precaución). Por eso el ruido, la carrera para adelantárseme y finalmente, su huída. Realmente, no sé qué pasó. El hecho es que el reptil se quedó atrás. Las lagartijas o bien cruzan el camino antes que yo, o bien corren junto a mí antes de dar un giro de 90 grados y esconderse en la maleza. Pero no me esperan. Acá lo interesante es que yo estaba del lado de la maleza y el reptil no podía huir hacia él.
Ya de regresó, antes de llegar a las curvas que conducen al río de aguas negras, otro ciclista iba en dirección contraria a la mía. Detuve mi marcha y le expliqué lo sucedido.
-¿Era una culebra cabezona?
-No alcancé a ver. De lo que sí estoy seguro es de que tenía un color pardo claro y verdusco, como el de un tallo de arbusto leñoso y joven.
-Sí, yo también ya he visto varias por acá.
-Será mejor que se vaya por el otro camino.
-Sí, gracias.
Para mayor información sobre serpientes en Xalapa, llamar al 129 11 60 del UMA o a los teléfonos 2281047003 y 2058255. Lo anterior no fue ficción.