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domingo, 9 de julio de 2017

Las mejores madrizas de mi vida

Para que mis lectores no mexicanos entiendan ampliamente el término "madriza", hay que filosofar un poco sobre él: desde luego, proviene de la palabra "madre", que entre los mexicanos tiene una acepción muy amplia, pues además de referirse a la autora de nuestros días, asociada a otras letras o palabras adquiere los más diversos significados: "a toda madre" significa"¡Excelente!".
¿Quien no recuerda a una madre enojada regañando a sus hijos? Entre más enfurecida, más duro es el castigo que éstos reciben. Pero, entre los pueblos de fuerte presencia católica, "madre" también significa "monja". De ahí  puede venir una asociación de ideas con las madres que cuidan un orfanatorio, quienes a su vez, una vez enojadas, también pueden proporcionar violentas "madrizas" a sus pupilos.
Queda claro entonces que "madriza" equivale a tunda, a una severa tunda.
Pues bien, anoche, celebrando el triunfo de Hipólito en Xalapa, cuando muchos integrantes del partido "Morena" pisaban el orgullo del PRIAN-rd dando los brinquitos caracteristicos del baile con ritmo de cumbia, me encontré con un antiguo vecino de la colonia Aguacatal de Xalapa.
Por respetar la privacidad de los demás, sólo hablaré de los pecados pero no diré los nombres de los pecadores porque en este caso los nombres están "fuera de la litis", como dirían mis colegas abogados. Sería "impertinente" nombrarlos.
El encuentro con este personaje me trajo a la memoria recuerdos de la infancia. Infancia de barrio, donde las calles no estaban pavimentadas y sí llenas de piedras volcánicas que a menudo eran utilizadas en las contiendas callejeras entre niños. "Peña para el que se libre de ella" era el grito de guerra de "los de abajo" de la Colonia Federal.
Ahí en la Colonia Federal conocí a una linda chica de cabellos rubios y dulcemente rizados que de inmediato flechó mi corazón. Como al de muchos otros vecinos, entre otros a uno cuyo apodo era "El Resistol", porque "cuando pegaba nunca se despegaba". No sé si porque habiendo pegado su chicle con la rubia que destrozó mi corazón lo había pegado con gran eficacia o porque cuando se peleaba su golpe dejaba una huella permanente.
Sucede que la rubia y yo nos mudamos a la Colonia Aguacatal. Felizmente, creí yo, pues se alejaría de El Resistol y ahora estaría a mi alcance, como sí lo estuvo su vivienda, mas no su corazón. El caso es que yo por bocón dije algo que la irritó y amenazó con "echarme a su novio" para que saldara cuentas con él. Acepté el reto, creyendo que se trataba de El Resistol.
De repente un vecino de mi edad, que yo no conocía, constantemente me retaba a golpes y yo rehuía la pelea. "¿Cómo me voy a pelear contigo, si ni siquiera te conozco?" le decía y huía pedaleando en mi bicicleta. Hasta que un día él y el amigo al que me encontré anoche me acorralaron: la calle de terracería, además de estar llena de guijarros, estaba cuesta arriba. El vecino desconocido, además de retarme, me llamó cobarde por tratar de rehuír la pelea. "Eso calienta" dijo un mirón, de los tantos que se empezaron a congregar.
No me quedó más remedio que aceptar la pelea y en eso mi contrincante cometió el error de identificarse como el novio de la güera que había desgarrado mi corazón. Una vez más le dije "no es contigo, su novio es El Resistol". "Cobarde, cobarde" me parecía escuchar a la multitud ahí congregada y el despechado novio de la güera me tiró un jab. Entonces sentí que la adrenalina se me subía: entendí que la güera no era mía por culpa no sólo del Resistol, sino de ese baboso que estaba tratando de golpearme. Recordé una finta que me habían enseñado mis compañeros de la escuela primaria Carlos A. Carrillo y se la hice una y otra vez. Todos los golpes le entraron y los de él estaban telegrafiados y los pude esquivar. Me volví creativo: la finta era amagar con un golpe en la cara y meter un gancho al hígado. Sabiendo que mi contrincante esperaba ese combo, se lo hice al revés y también le entró. En seguida, como él ya estaba atarantado, continué con golpes a la cara ya sin finta. Todos entraron hasta que ya estaba groggy mi oponente y alguien nos separó.
La sangre me ardía y yo quería seguir golpeándolo más y más. El respetable público me aplaudía, pues parece que mi oponente era de los mejores peleadores del barrio, pero tuvo la mala suerte de recibir de regreso los golpes que la güera le había dado a mi corazón. Pues yo no estaba peleando contra él, sino contra mi despecho.
Ya aterrizando, me dí cuenta de que había dejado en claro que yo no era ningún cobarde, sino una persona decente que había rehuido el combate el cual no tuve más remedio que aceptar, pero la concurrencia, cual espectadores de un circo romano sedientos de sangre humana, pidieron que me peleara con el amigo que me encontré anoche. En aquella ocasión todavía no era mi amigo, así que no me quedó más remedio que enfrentar un nuevo combate. Después de haber descargado todo el odio sobre el primero y habiendo sido observado por el segundo tuve que pelear en cierta desventaja, pues mi rival inteligentemente esquivó todos mis golpes. En realidad no me pegó porque no quiso pegarme. Fue tanto mi coraje de no poderle pegar que me puse a llorar. Y al darme cuenta de que estaba llorando, me sentí derrotado y humillado, pues tras de haber demostrado mi valentía en el primer combate, acabé llorando en el segundo.
Para mi sorpresa, varios de la concurrencia me cargaron en hombros, como si también hubiese ganado el segundo combate. Esto me consoló un poco. Fue tanta mi fama como peleador que otro de los mejores peleadores del barrio me retó, por el puro placer de liarnos a golpes como deporte, sin el amor de una niña de por medio y de nuevo el temor a quedar como cobarde me hizo aceptar la pelea. El combate con el amigo de ayer, me enseñó a ser prudente y el match quedó uno a uno, pero no pude evitar un golpe en la cara que me dejó el ojo morado. "Ojo de cotorra" u "ojo de chofer", como decíamos en el viejo barrio.
Posteriormente, ya en la secundaria "Experimental de Pedagogía", cuando yo cursaba el segundo año, alguien tuvo la brillante idea de hacer un torneo de box y yo me alisté. En la primera ronda, contra todos los pronósitcos en mi contra, le apliqué a mi oponente la misma finta que aprendí en la Carlos A. Carrillo y de un solo golpe le gané a mi rival en truno. Rival gordito, blandengue y más chaparro que yo quien inmediatamente salió llorando y alguien protestó por la brutalidad de ese encuentro. Tal vez la mamá del gordito o alguna profesora.
Yo estaba feliz sin saber que realmente iba al encuentro de mi destino: mi siguiente rival era "El Quiroz", un mulato más alto que yo, musculoso y muy parecido a Casius Clay, el boxeador de moda en aquel entonces. Un profesor, severamente preocupado, me dijo "no trates de atacarlo, ponte los guantes protegiendote la cara, el cuello y agáchate, esquívalo y no dejes que te pegue". Por supuesto que no hice caso y le tiré la finta de la Carlos A. Carrillo, la cual entró. Le dí un gancho al hígado pero mi oponente en vez de doblarse se quedó impasible, como si le hubiese pegado con todas mis fuerzas a un tanque de gas. Entonces comprendí el consejo del profesor y seguí sus recomendaciones, pero no pude evitar un golpe en la nariz que me sirvió de cirugía plástica para adquirir mi look actual (de "moco de guajolote", según mi padre). Terminó la pelea y me felicitaron por no haber salido noqueado de ese encuentro. Por cierto que El Quiroz se convirtió en el ganador de ese torneo, tras noquear a sus siguientes oponentes.
Pasaron los años, me fuí a vivir a la Ciudad de México, en aquel entonces "el de-efe", me casé y vivía en la colonia Nueva Santamaría. Todavía no tenía un trabajo de base y me las ví negras para pagar las letras de mi vochito azul (un Volkswagen sedán 1977). Vivíamos en un tercer piso, jugaba tenis de mesa (pin-pon) con mi cuñado, el hermano menor de mi esposa, y unos amigos de él, cuando se oyó un estruendo de láminas en la calle de abajo.
"Qué bruto, un tortón hizo papilla a un vochito" "¿De qué color?" "Azul" "No chingues". Era el mío. Hacía una semana había pagado la última letra. También había acabado de leer "La Iliada" de Homero. Bajé apresuradamente las escaleras. "Fueron ésos"  gritaban algunos vecinos, señalando a los culpables. Los alcancé y encaré al más grande. Se parecía al Quiroz, pero yo estaba tan encabronado como cuando la güera de La Aguacatal me despechó.
Pero antes tengo que aclarar que La Nueva Santa María es un barrio mucho más bravo que La Aguacatal de Xalapa y éste ya era un pleito entre adultos. Gracias a otro cuñado, Eduardo Solis, me había interesado en la defensa personal. Había leído el libro de Defensa Personal de Bruce Tegner y ya había tenido dos encuentros desastrosos por aplicarlo con timidez y lentitud: el primero contra un compañero de trabajo después de una borrachera y el otro en un asalto en la Nueva Santa María. Pero mi cuñado Eduardo me había dicho "para que te respeten en la Nueva Santa María tienes que madrear a alguien que se respete".
El hecho es que encaré al grandulón y le dije "oye, ¿a dónde vas? Primero págame mi coche" "Yo no fui" "Si fue, si fue" -señalaban los testigos. "Como ves, hay testigos que te señalan. Así que no sigas avanzando, porque de esta rayita no vas a pasar", le dije, tomando como modelo a un personaje de La Iliada.
"No te preocupes, que tengo seguro y te voy a pagar" dijo el grandulón, cruzó la línea imaginaria y me dió un cabezazo en mi pómulo derecho. No lo hubiera hecho. Dejé de ser yo y le tiré dos "sukis" a la cara y le entraron. Se tambaleó un poco y me miró con sorpresa. Intentó cruzar de nuevo la línea y esta vez le entraron cinco sukis. Yo había aprendido a pelear más rápido. Se me vinieron encima la mujer y el otro hombre que lo acompañaban. El grandulón se incorporó y alcancé a decirle a la mujer que yo no tenía por costumbre golpear mujeres (tal vez por eso he sido mandilón en toda mi vida de casado).
Recordando la lección número x del libro de Bruce Tegner, tomé por los cabellos a los dos oponentes con idea de jalarlos y hacer que sus cabezas chocaran entre sí. Pero al igual que en mi encuentro contra El Quiroz, mis rivales permanecieron inmutables, de modo que solté al más pequeño y tomé con las dos manos la greña del grandote, giré hacia mi izquierda y logré que la cabeza del grandulón se estrellara espectacularmente contra la pared.
En ese momento mi cuñadito (Eduardo Solis no estaba presente) y sus amigos ya estaban en la calle. Uno de sus amigos traía la raqueta de pin-pon en la mano y con el filo le dió al chaparro un espectacular revés que le tiró varios dientes. Yo, por mi parte, con el golpe en la pared, le rompí la ceja al grandulón. Llegó la policía. Paró la riña. Mi suegra vió cómo el grandulón le daba un fajo de billetes al policía. "Corra" me dijo "Y usted ofrézcale el doble para que no desvirtúe la acusación", cosa que hice de inmediato. Por eso y por muchas otras ocasiones no me queda la menor duda de que en México la corrupción es una realidad de la que no te puedes escapar: o eres parte de ella o te conviertes en el villano de la telenovela si no engrasas los ejes de la carreta a tiempo.
"No es necesario que me de el doble", dijo el poli, "está claro que usted es la víctima. Déme nada más la mitad. Lo que me está dando es para que no me lo lleve a la cárcel. El agresor ya llamó a la compañía de seguros y le van a reparar el daño". "Hijo de puta", pensé, "si tenía seguro contra accidentes, ¿que necesidad había de liarnos a golpes?".
"Yo creía que eras más pendejo para los trancazos", me comentó mi cuñado Eduardo. "Cuando ví al chofer del tortón me dí cuenta de que estaba bien 'mamado'. Qué bueno que lo madreaste, ahora sí te van a respetar en La Nueva Santa María." "Tuviste suerte de agarrarlo borracho", me dijo mi padre y continuó diciendo: "Procura no hacer muy seguido eso, no quiero ir a recogerte a la morgue".
Los padres se preocupan por sus hijos. Me acuerdo de otro cuñado, del segundo matrimonio, cuyo hijo, grandulón, borracho, parrandero y jugador, seguido se andaba peleando por el placer de pelearse. Mi cuñado, aflijido, le dijo "no me preocupa que te guste pelear, sino que te guste pelear y que seas pendejo". Sabia reflexión.
Para concluír, no sé cual de las dos madrizas otorgadas por mí fue la mejor: la que le propiné al primer rival de La Aguacatal o la que le propiné al grandulón de La Nueva Santa María. Quizá son mejores las que le propinamos al PRI en Veracruz el 5 de junio de 2016 y el 4 de junio del 2017. Y de éstas, la primera, pues fue la que rompió la hegemonía del dinosaurio.
Tengo un vecino, también simpatizante de Morena, que quiere contratarme como abogado para ver si un periódico digital elimina un par de reportajes donde se da cuenta de que él madreó a un ex funcionario municipal al cual ayudó a trepar y éste, gran ingrato, en vez de agradecerle, lo corrió del trabajo. Quizá debería ser yo quien lo contratara para que madrée a otro funcionario de la misma dependencia, quien se distingue por ser corrupto y sus omisiones me han llevado a tramitar un juicio de amparo. Pues yo ya estoy viejo y no estoy en condiciones de hacerme justicia por propia mano. Porque la justicia oficial, olvídenlo. Si no tienes dinero, nada vales.