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lunes, 29 de abril de 2013

Así es la vida.


Hoy tuve una experiencia bastante desagradable y otra de esas por las que vale la pena vivir.
La primera: Mi hija hoy cantó con el Coro de la U.V., en un concierto donde se le iba a otorgar un Doctorado Honoris Causa a los Maestros Mateo Oliva y Alberto de la Rosa.
-¿Por qué no me llevas y te quedas al concierto? Va a estar bonita la ceremonia.
-Sí, me parece una buena idea.
En verdad, sí tenía las ganas de estrechar la mano de tan distinguidos maestros en ese momento tan importante para sus vidas, y, pasarme un buen rato. Pensé en tomarme un café mientras el coro se alistaba y llegaba la hora del evento. O buscar un libro en la USBI. Dejé a mi hija en la puerta del recinto, a fin de que se adelantara y llegara a tiempo a su trabajo. Yo, en cambio, procedí a buscar un lugar en el estacionamiento. Cuando  bajé de mi coche, en ese momento hacía lo mismo un tenor del coro cuyo nombre no tiene caso recordar.
-Llamando, cuervo, llamando, cuervo -dijo un mono de los de seguridad que estaba arriba del estacionamiento.
No hice caso. Total, yo sólo iba al concierto y a felicitar a los maestros. No tenía intención de colocar una bomba, pues no soy un terrorista, aunque la mente de la clase política sí está bastante paranoica. Para mi sorpresa, los primates de seguridad privada no me dejaron pasar al recinto.
-Son órdenes, dijo un mono, atajándome el paso.
El tipo ni siquiera quería dejar pasar al tenor.
-¡Oiga! Vengo a trabajar ¡Yo canto en el coro!
-Yo sólo obedezco órdenes. Usted no puede pasar por acá, vaya a la puerta de servicio.
Y nos encaminamos a la puerta de los criados. El tenor pudo entrar. A mí, de nuevo me prohibieron el paso.
-Oiga, yo estoy acompañando a mi hija, que va a cantar en el coro y al terminar me buscará, pues yo la voy a llevar de regreso a casa.
-No puedo dejarlo pasar. Explíqueselo a los de la entrada principal.
-Ya lo hice -dije, y no recuerdo que insulto le proferí al mono.
Me arrepentí después, pues ese simio sólo hacía su trabajo y los verdaderos majaderos eran los organizadores del evento. Es decir, yo, un profesor que trabajé treinta años en la Universidad Veracruzana y contribuí a formar profesionalmente a muchos de los que iban a cantar y tocar ahí, siendo además familiar de una de las artistas que actuarían en ese momento, tuve que ser vejado por esos simios de seguridad que tanto le encantan a la clase política mexicana actual. Como si fuera yo y no ellos los responsables de la situación que vivimos. En fin. Me sentí maltratado por una Universidad que se ha vuelto descortés. Porque creo que es de la más elemental cortesía darle una invitación o dos a los músicos que hacen realidad un concierto, para que lleven uno o dos acompañantes.
Ví al Maestro Mateo Oliva en las escalinatas de la entrada principal al recinto y me dirigí a él.
-Maestro Mateo, me apena mucho tener que darle mis felicitaciones por su doctorado aquí y ahora, pero  los tipos de seguridad no me dejan acceder al evento.
-¿Cómo? ¿A un Maestro como Usted? Venga conmigo, que yo lo pasaré.
La verdad, no quise exponerme a otra vejación y aproveché una distracción del Maestro Mateo para escabullirme. Me retiré, bastante molesto. Para colmo, el tráfico para salir de la USBI estaba congestionado. Tras un buen rato, llegué al Italian Coffe de Maestros Veracruzanos, con la idea de leer un libro. Ahí es donde me ocurrió la experiencia bonita.
-Oiga ¿Usted es escritor? -me dijo una de las meseras, con acento marcadamente norteño.
-Bueno, sí -contesté.
-Sí, lo sabía. Mire, salió Usted en esta foto.
La joven mesera, entusiasmada, como si viera a una celebridad de verdad, me mostró un ejemplar de la revista "Xalapeñísima", de febrero 2013, año tres, número 41. Ahí estaba mi foto junto con las de Alejandro Mariano, el Director del IVEC,  Héctor Herrera, el Director del Teatro del Estado y muchas personalidades del ambiente cultural xalapeño, empezando por mis compañeros escritores del libro conmemorativo de los 50 años del Teatro del Estado.
-Se la regalo, -dijo-, es un número de hace dos meses, puede llevársela, ya no nos hace falta.
Estuvimos platicando un rato. Resultó que éramos paisanos. Creo que, en realidad, es tan agradable que una gente sencilla te reconozca en la calle por algo bueno que has hecho en la vida -y se emocione genuinamente- como que te den un Doctorado Honoris Causa. Al menos, es una de esas compensaciones que da la vida. Lo cual no le quita a las actuales autoridades universitarias veracruzanas la mancha de portarse como unos verdaderos patanes. Cuando regresó mi hija a casa, me enteré que a otros miembros del coro les permitieron entrar con sus acompañantes.

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