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jueves, 5 de diciembre de 2013

Dos poemas prosaicos o dos prosas poéticas


Alfa y omega.

Por: Francisco González Christen

Recuerdo.

Me encontraba en casa de un amigo cuando la vi; era la nueva vecina, una muchacha de cabellos rubios. Tuve buena suerte: alguien nos presentó y no hallé dificultad para conversar con ella.

Al día siguiente, sentados en el patio de su casa, sentíamos cómo el sol de la tarde bañaba nuestras espaldas, produciéndonos un agradable calor que propició la unión de nuestras miradas y algo más…

¡Qué agradable fue ese atardecer! Mas ahora pertenece al recuerdo. Los recuerdos son como las estrellas: percibimos su luz aunque ya no existen. ¡Cuántas ilusiones! Ilusiones desvanecidas cual nubes pasajeras que vacían su rocío, golpeteando como martinetes afelpados sobre la ansiosa tierra, sin saciarla… sólo levantando el polvo…

Después, la tierra se seca y se parte… ninguna semilla germinará en ella ¡Qué agradable fue todo eso! Aunque ahora ese recuerdo sólo pertenezca al pasado y esté oculto tras la niebla del olvido y del desengaño.

Ella.

Los viejos libros de una biblioteca que ya no existe eran el fondo para esa fotografía, último testigo mudo de su belleza fugaz. Sus ojos tiernos y tristes, como los de un ciervo herido, eran el remate de aquel vestido, de ese tiempo de amor, mi amor, que no volverá.

“Ulises ya no pasa” ¿quién escribió ese verso? Es demasiado fuerte para mí que estoy aquí y ahora, entre estas cuatro paredes, lejos de ti. Podría gritarlo con rabia y desesperación o recitar susurrándolo con resignación. Yo soy Ulises, ya no paso por tu jardín, pero me duele en lo más profundo del alma.

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