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viernes, 21 de junio de 2013

Malestar y globalización

Sí, ya sé: el título de esta entrada se parece al de un libro de Stiglitz, un economista con el que estoy de acuerdo en casi todo. Lo que pasa es que estoy irritado por las políticas de venta de las trasnacionales. Por ejemplo, Liverpool, también conocido como Fábricas de Francia, al parecer llegó a México con ciudadanos belgas y franceses, quienes, después de la intervención militar de 1862 a 1868, se dieron cuenta de que en la zona de Orizaba, Ciudad Mendoza y Rio Blanco podían colaborar en materia de producción de bienes textiles, ropa, etc., con los aborígenes de la región.Y, mediante una buena labor, tarde o temprano llegaron a ser emporios comerciales, porque en aquella época, le vendían al cliente lo que éste necesitaba. No voy a hablar del episodio de la huelga de Rio Blanco, durante el porfiriato, porque no viene al caso. Solamente diré que Porfirio Díaz, primero combatió a los franceses con éxito y después, ya entronizado en el poder, su corte se "afrancesó".
El problema de las trasnacionales es que son emporios tan poderosos que acaban con el pequeño comerciante. Ahora tienen productores en varias partes del mundo, donde los trabajadores cumplen su jornada con un salario inferior al que reclamaría un esclavo de la época de Aristóteles. (No sean literales, entiendan la figura retórica, por favor). Pero eso es parte del problema: como estos fabricantes maquilan su mercancía en donde "les conviene" (para abaratar costos), ocurre que sus obreros no tienen idea de lo que realmente necesita la gente del otro lado del planeta. Por ejemplo, resulta que en el corazón del desierto del Gobi, así como de los desiertos del Altar y del Sahara, la mano de obra es baratísima. Pero, como allá no llueve, no tienen ni la más suripanta idea de qué es una gabardina ni para qué sirve. En consecuencia, en ciudades como Londres, Xalapa o Macondo, sobre todo en la temporada de lluvias, la gente no tiene dónde comprar una gabardina: lo mismo puede ir a SEARS, que a Liverpool o a C&A. O incluso ir a El Corte Inglés de España. No la va a encontrar, o los vendedores van a tratar de venderle una camiseta de tela porosa que le cubra nada más desde la parte superior de la nalga para arriba. En el mejor de los casos, le dirán:
-Ya las pedimos, pero no nos han llegado.
El antiguo pequeño comerciante era previsor, y, sabía que las gabardinas y los paraguas tenían que estar en el escaparate una semana antes de que iniciara la temporada de lluvias, pues las vendería como pan caliente.
Hoy en día, las trasnacionales tienen tanto dinero y tanto poder, que ya no les interesa vender. O, en todo caso, ponen a la venta lo que ellos quieren que el cliente compre y no lo que el cliente necesita. Y, como no tienen las gabardinas en el anaquel en la temporada de lluvias, el genial mercadólogo que analiza las estadísticas concluye: Las gabardinas ya no se venden. Por tanto, en esta temporada de lluvias, mejor vamos a vender playeras. Y así, se genera un círculo vicioso: como el vendedor no pone las gabardinas en el anaquel durante la temporada de lluvias, el cliente no las compra aunque las busque. Y, como el cliente no las compra porque no las encuentra, el mercadólogo, que nada más atiende a la cifra numérica sin plantearse el por qué del fenómeno saca otra conclusión: algo ha cambiado, el clima o los gustos de los jóvenes. El caso es que las gabardinas son cosa del pasado. De modo que, no sólo no las vamos a poner en el anaquel, sino que ya ni siquiera las vamos a fabricar. Y, como el único que las vendería acabó en la quiebra porque todo mundo fue a comprar gabardinas a las trasnacionales (aunque no las encontró nunca), las personas  más aferradas, como el que éstas líneas escribe, tendrán que ir a una tienda de anticuarios a comprarlas -si es que tienen suerte y encuentran una.
Así me pasó a mí:
-Esta gabardina está perfecta -Le dije al anticuario-. ¿Cuánto cuesta?
-Diez mil pesos.
-¡...! (me quedé sin habla).
-Bueno, se la dejo en cinco mil quinientos.
Como estaba consciente de que era la última gabardina que estaba a la venta en mi ciudad, y llovía, me tuve que resignar a comprarla a crédito, porque el cash no me alcanzaba. Preferí embarcarme con una deuda onerosa, que caminar por las calles de Xalapa mojándome las pantorrillas.

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