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viernes, 26 de enero de 2018

Ensayo sobre El Seductor de la patria de Enrique Serna

Como Ustedes ya saben, desde el año 2011 me ha dado por adquirir el oficio de escritor, razón por la cual he estado en varios talleres y diplomados para escritores. Actualmente, estoy concluyendo el primer semestre en un Diplomado en Creación Literaria que se imparte en la Escuela para escritores Sergio Galindo de la SOGEM; y, como parte de mis actividades, tuve que leer y comentar una novela. Yo escogí hacerlo sobre El seductor de la patria de Enrique Serna, de quien únicamente había leído breves artículos en la revista Domigo Siete.
Esta obra me pareció muy interesante, pues habla de muchas cosas que aún nos atañen a los mexicanos e incluso al mundo entero: la Guerra entre México y Estados Unidos de 1847 marcó el destino no sólo de ambas naciones, sino del mundo entero, pues era una lucha contra el esclavismo, el colonialismo y el imperialismo. Así que Santa Anna fue ¿Ángel o demonio?. Independientemente de la calificación que sacaré en mi escuela (pues por el momento no se si será buena o mala), como el tema me apasionó, no resisto las ganas de compartirlo. Y así empiezo a hablar de las razones por las que México perdió no sólo la guerra de 1847, sino todos los campeonatos mundiales de futbol. Es un ensayo largo, tómense su tiempo y no apelen a la pereza mental, dicho sea con todo respeto.


INTERPETACIÓN LIBRE DE EL SEDUCTOR DE LA PATRIA 


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Esta novela tiene un cierto carácter prospectivo, pues desde el planteamiento de situaciones y problemas que ocurrieron en México durante el siglo XIX, se pueden vislumbrar otras situaciones que se han dado en los siglos XX y XXI que, o son consecuencia de aquéllas o simplemente porque no han cambiado con el paso del tiempo, como se verá a lo largo de esta interpretación.

En primer lugar, esta novela dejó al que estas líneas escribe una cierta desazón por comprender que muchos de los problemas socio-económicos y políticos que ahí se plantearon siguen estando vigentes en el México moderno. La novela está llena de frases que lo revelan y podrían haber sido pronunciadas por los actores de esta obra en la vida real, aunque también podrían ser producto de la ficción, pues son frases que emanan de una profunda investigación histórica y están pronunciadas con una gran verosimilitud; en especial, me llamaron la atención algunas que citaré de inmediato:

“Daría la poca vida que me queda para limpiar mi nombre y recibir el postrer homenaje de mis compatriotas. Después de todo soy el fundador de la República. ¿O ya han olvidado que fui el primero en jurar la ruina de los tiranos sobre las arenas de Veracruz?” (Serna, El seductor de la patria, p.12)

La frase anterior define al argumento y establece la intriga a la vez que arranca a la historia y es parte esencial del tema, así como de la mayor parte de los subtemas; a su  vez, hace pensar en la futilidad de los proyectos humanos, casi al estilo del Eclesiastés, donde se dice que “todo es vanidad de vanidades”.

Mi condición de abogado litigante al momento de leer la obra, compositor de música frustrado, productor artístico, mercadólogo cultural en quiebra y profesor jubilado con la supervivencia amenazada por los sistemas de gobierno actuales, me llevó a subrayar la siguiente frase, emitida por el protagonista:

“Gómez Farías creía ciegamente en las leyes, como si la letra impresa pudiera convertir la lucha por el poder en un civilizado juego de mesa. Pero las leyes propician otra clase de tiranía, la de los cretinos que son incapaces de resolver un problema, pero invocan la ley para obstaculizar a los hombres de acción” (Serna, pp. 69-70)

Esto sigue ocurriendo en el México moderno. Los hombres de acción no solamente son los militares y los políticos: son los profesionistas, los artistas, los artesanos, los padres de familia; en fin, cualquier ciudadano que tenga un proyecto u oficio que atender y cuya vida está literalmente atada a un legajo de papeles que debe resolver un juez a menudo mal preparado, flojo, corrupto, mal pagado o mal intencionado. Confróntese lo dicho con la película Presunto Culpable. Uno de los razonamientos que recientemente esgrimió un grupo de senadores para evaluar y en su caso modificar la controvertida Ley de Seguridad Interior fue el hecho de que la ciudadanía mexicana no se sentía protegida por el Estado por culpa de los jueces, a quienes percibían como la peor amenaza a su seguridad, a causa de sus cuestionadas sentencias, que se caracterizan por dejar libres a los criminales y mantener en prisión a los inocentes. O simplemente hacer que un proceso de divorcio incausado dure veinte años. Tan es cierto este fenómeno, que en la novela se muestra el proceso donde el abogado y presidente de la República Benito Juárez no puede lograr que le apliquen a Antonio López de Santa Anna la pena de muerte por su traición a la patria, pese a todas las evidencias desahogadas durante el juicio.

Otra frase que me pareció digna de ser resaltada y comentada, es cuando Santa Anna, el 26 de diciembre de 1827 dice “Así son los pendejos: primero hacen las cosas mal, y luego se molestan porque uno les da la espalda.” (Serna, p. 145), porque el tema de la estupidez humana ha sido abordado por muchos personajes de todas las condiciones, oficios y épocas: “Hay dos cosas infinitas: El Universo y la estupidez humana. Y del Universo no estoy seguro” (Albert Einstein); “La mente humana es limitada, pero la estupidez humana es ilimitada” (W. Steinitz, Campeón Mundial de Ajedrez del siglo XIX).

Muy conocida y divertida es una charla a cargo de Facundo Cabral en torno a los pendejos, que circula por toda clase de redes sociales:

“(Mi abuela) … tenía derecho a hablar de esto, porque estuvo casada con un coronel, que era realmente un hombre valiente: solamente le tenía miedo a los pendejos. Un día le pregunté ¿Por qué? Y me dijo por que son muchos. No hay forma de cubrir semejante frente…” (Facundo Cabral, Los pendejos, Youtube, https://www.youtube.com/watch?v=CHtrFNbm2Ys).

Tan fundado era el temor del abuelo de Facundo Cabral que su nieto murió asesinado por un pendejo que quería matar al que viajaba a su lado y no al cantautor. En tiempos más recientes, casi al día en que escribo estas líneas, el presidente municipal de Xalapa, el Doctor Hipólito Rodríguez Herrero, tiene una crisis de medios a causa no sólo de haber contratado a personal no veracruzano, sino de haber manifestado públicamente que en Xalapa “nadie tenía el perfil” para ocupar esos puestos, motivo por el cual el escritor Magno Garcimarrero le hizo estos versos:

¡EN XALAPA NO HAY QUIEN!
Le damos la razón
A Hipólito el presidente
De que en Xalapa no hay gente
De alta calificación,
Para cumplir la función
Con eficacia, con fe,
Con honradez, con caché,
Él lo ha dicho sin sonrojos.
¿Qué le pasará a sus ojos
Que puros pendejos ve?

Si bien “pendejo” en Argentina se aplica al joven inexperto, en México esta palabra tiene una connotación más amplia y es sinónima de “estúpido”. El tema de la pendejez ha sido desarrollado por tiros y troyanos. Hasta hay diccionarios y catálogos, en los cuales suele aparecer el siguiente tipo: “Pendejo optimista. El que cree que todos son pendejos, menos él”.

Sin duda, Antonio López de Santa Anna tenía una inteligencia superior a la del común de sus contemporáneos, lo cual lo llevaba, al igual que al Doctor Hipólito y al abuelo de Facundo Cabral, “a ver pendejos por todos lados”. Sin darse cuenta de que él, dada su condición humana, también podía cometer errores muy estúpidos, como el de ponerse a las órdenes de Maximiliano, episodio que comentaré más adelante.

De hecho, pese al carácter voluble de Santa Anna, más que un traidor, era un hombre valiente y pragmático que se iba con el bando que creía que iba a ganar; esto es, era un inteligente oportunista, pero cuya mente humanamente limitada lo llevó a cometer graves errores en batallas decisivas o en delicadas decisiones políticas. Lo importante de la narración en primera persona (emanada del protagonista y otros actores) es que genera empatía entre el lector y el narrador; y aquel, sin darse cuenta, se ve metido en los zapatos del actor ante la similitud de situaciones entre la época actual y la época de la narración. Concretamente, en el México moderno, el del periodo que va del año 2014 al primer semestre del 2018, uno tiene que tomar decisiones como las que Santa Anna tuvo que tomar en su momento; por ejemplo, yo luché afanosamente para que el Doctor Hipólito fuese el presidente municipal de Xalapa, pero su arrogancia le impide contratar a un buen comunicador social y cada vez que abre la boca emite frases que nada más lo hunden una y otra vez, y lo hace porque está firmemente convencido de que los demás son pendejos, menos él. Las preguntas obligadas para mí, y para otros partidarios de Morena son ¿Lo voy a seguir apoyando? ¿Lo va a seguir apoyando Morena? ¿O el PAN? ¿Después de esto Morena va a ganar las elecciones? ¿Se va a salir Hipólito con la suya? Las respuestas a estas interrogantes, en el momento en que las escribo, no son fáciles de responder, pero hay que hacerlo de inmediato aunque uno no esté metido en el juego de la política. La razón es que en el crítico momento actual todo está enrarecido por la forma en que se lleva a cabo la lucha política y el ciudadano común y corriente no se puede desentender de ella. Y si se es político, con mayor razón hay que resolver estas interrogantes. Eso es lo que nos hace sentir Enrique Serna: Santa Anna, más que un villano protervo y traidor, era un ser humano como tú y yo que en unas ocasiones, acertaba, y en otras, fallaba. Y un error garrafal, de apariencia nimio y con bastante lógica dentro de la psicología del personaje, puede dar al traste con toda una vida de heroísmo.

Al parecer, la Historia suele ser muy dura con los perdedores, de modo que no conviene “ser pendejo”. Es casi como un castigo divino: tras ser Antonio López de Santa Anna un hombre brillante, quedó atrapado entre el mareo provocado por el poder y los aduladores, los cambios sociales y el deterioro natural causado por la edad y acabó convertido en un pobre diablo empobrecido, víctima de estafadores, despreciado tanto por su última esposa como por uno de sus más odiados rivales, Sebastián Lerdo de Tejada, quien le dijo “No me agradezca nada, general. Lo dejé volver de su Santa Elena porque ya no representa ninguna amenaza para el gobierno.” (Serna, p.12).

La frase anterior, a su vez, ayuda a caracterizar al protagonista: Antonio López de Santa Anna (1794-1876) es un personaje cien por ciento romántico, que fue contemporáneo de Napoleón Bonaparte (1769-1821), emperador de Francia cuya actividad repercutió en la historia de México. Serna no es el único que compara a Santa Anna con Napoleón Bonaparte; entre otros, el guionista de la película El Álamo, la leyenda (2004) le llama “El Napoleón mexicano”; sin duda, Santa Anna tenía conocimiento de la obra de Napoleón Bonaparte; incluso, uno de sus más íntimos colaboradores, José María Tornel, se identifica a sí mismo en la novela como “Talleyrand”, el nombre de un político francés contemporáneo de Napoleón y de Fouché (de quien Stephan Zweig escribió una biografía, en la que Talleyrand es casi tan importante como Fouché y Napoleón, dado su protagonismo). Talleryrand-Perigord (1754-1838), ambicioso e inteligente, sirvió a todos los regímenes de su país y a todos los traicionó. De modo que uno de los subtemas más importantes de El seductor de la patria es la traición, si no es que es el tema principal.

Santa Anna, por considerar pendejo a un antiguo aliado, lo deshecha y se cambia de bando, sin mayores remordimientos. Si no es traicionero, al menos es voluble; sin embargo, precisamente por ser un seductor, tampoco le puede ser fiel a una mujer; su antagonista Benito Juárez parece ser un hombre más leal; no obstante, él también puso en venta una parte del territorio mexicano, cuando se celebró el tratado Mc Lane-Ocampo, mediante el cual se cedería a los norteamericanos el Istmo de Tehuantepec.

Retomando el tema de Napoleón Bonaparte, la isla británica de Santa Elena situada en África, es la isla donde Napoleón sufrió su último exilio, el más doloroso, pues ahí se quedó hasta morir. Sebastián Lerdo de Tejada inicia la novela exonerando a Santa Anna de su “Santa Elena”. Por otra parte, en la ya citada película El Álamo, la leyenda, se dice que su rival norteamericano lo invitó a adentrarse en tierras norteñas, pues al ser Santa Anna el Napoleón  mexicano, se le habría de derrotar de manera similar al Napoleón francés en Rusia, historia que a su vez está magníficamente plasmada en La Guerra y La Paz de León Tolstoi; y, en verdad, el ejército mexicano sufrió penurias durante su traslado al norte. También fue afectado por el frío. Estos episodios están bien documentados y Serna también da cuenta de ellos; entre otros, por boca del soldado Juan Tezozómoc, personaje ficticio de origen indígena, enrolado mediante la leva, quien se convierte en un desertor y llega a convertirse en un antagonista que lo mismo asalta a Santa Anna disfrazado de indio ataviado con plumas y taparrabos (lo cual puede ser una posible anacronía) que revela los planes del general a los norteamericanos. Pese a ser ficticio, este personaje tiene una gran verosimilitud.

Para decirlo en pocas palabras, la frase “así son los pendejos…” me encantó, porque encierra una gran verdad, aunque uno corra el riesgo de ser el pendejo que ve pendejos por todas partes, menos en el espejo.

Otra frase importante para entender el juego de la política es ésta: “En mis albazos juveniles descubrí que un embustero puede hacer milagros a partir de la nada, porque una mentira produce una opinión y esa opinión produce resultados reales y efectivos” (Serna, p.149), porque coincide con lo dicho por Goebbels, el genio de la propaganda nazi: “Una mentira repetida mil veces acaba convertida en una verdad”.

Un episodio que lleva a uno de los momentos más divertidos de la novela es el relativo al motín de la Acordada, del 7 de diciembre de 1828, que también es importante porque ahí se topa el protagonista con su principal antagonista, y ambos quedan magistralmente caracterizados:

“La única voz discordante fue la de un jurista zapoteco, negro como la pez, que parecía enfundado en su levita negra…
Irritado por el comentario, Santa Anna le preguntó su nombre:
            –Benito Juárez, para servirle.
            –Mire, licenciado Juárez –el general se aclaró la voz–. He arriesgado la vida por defender la Constitución. Si violamos la Carta Magna fue precisamente para hacerla cumplir.
            –Pero una vez roto el marco legal, cualquiera tiene pretexto para actuar fuera de la Constitución –replicó Juárez…
            –Qué indio tan terco, y cuánto respeto le tiene a su mugrosa ley –me dijo al salir del brindis–. Es lo malo de educar a la gente que nació para andar descalza.” (Serna, pp. 153-154).

Llama la atención este comentario discriminatorio, pues el argumento de esta novela es que Santa Anna, a causa de “su cabello crespo y tez morena” adopta la carrera militar y se engancha con la historia; pero, al fin de cuentas era hijo de español y cada vez que Juárez lo sacaba de quicio, hacia valer la diferencia entre un criollo o un mestizo y un indígena. Más adelante esta relación de diferencia interracial con claras vertientes racistas se desarrolla al mostrar la conmovedora carta que Juárez escribe a su esposa Margarita el 6 de noviembre de 1853, en el exilio: “Al mocho le irrita que un hombre de mi raza haya llegado a ocupar puestos públicos importantes. Prueba de ello son los malos tratos que su hijo José me infligió en el trayecto a San Juan de Ulúa.” (Serna, pp. 423-426).

Pero, como anoté líneas antes, uno de los episodios que más me hizo reír fue el del encuentro de Antonio López de Santa Anna con la opinión de Simón Bolívar, en Turbaco, Colombia:

“Al comenzar la reconstrucción de La Rosita, descubrí que Simón Bolívar había vivido una temporada en esa finca y lloré de emoción al ver las argollas de bronce clavadas en la pared de la sala, donde el célebre caudillo colgaba su hamaca. Mandé poner la mía en el mismo lugar, para tender un lazo de unión entre el libertador de la América Austral y el libertador de México. ¿Acaso no éramos dos héroes de la misma talla?... Compré a los bibliófilos de Cartagena una colección de sus últimas cartas. Llamó mi atención una de ellas, fechada en 1829, donde comentaba con brevedad la situación política de México. Mal informado sobre nuestras luchas internas, el libertador condenaba el motín de la Acordada y me acusaba de ser ‘el más protervo de los mortales’… mandé arrancar las argollas de bronce y ordené a la servidumbre que pusiera la hamaca en otro lugar.” (Serna, pp. 410-411).

Este episodio, además de ser muy divertido y de caracterizar como iluso e impulsivo a Santa Anna, revela parte de la estructura profunda de la obra, de la intriga: desde que inicia la novela, Santa Anna se propone lavar su imagen ante la historia, y al oír su versión, prácticamente nos convence de que es un héroe, un patriota y un ser humano excepcionalmente bueno. Pero la voz de los otros de cuando en cuando irrumpe para decir lo contrario. Esto ocurre a lo largo de toda esta obra. Uno de los primeros cuya opinión contradice en lo público a la autoimagen de Santa Anna es Benito Juárez, en tanto que su esposa Dolores Tosta es la primera en hacerlo en la esfera de lo íntimo; por consiguiente, esta autoimagen idealizada choca con la que tienen de él su propio padre, Juárez, Sebastián Lerdo de Tejada, Iturbide, Simón Bolívar, sus dos esposas, su hijo natural de nombre José, los texanos, Maximiliano de Habsburgo y Juan Tezozómoc, entre otros.

Dado lo controvertido y encantador del protagonista, es importante que Serna adopte esta estrategia discursiva para “amarrarse el dedo” y tomar distancia de Santa Anna; es decir, por un lado logra enganchar al lector con el charm del personaje protagónico, pero no se compromete a absolverlo ante la Historia; no obstante, la novela ayuda a poner en claro algunas cosas: la traición de Santa Anna no fue el haber vendido la mitad del país, como se le atribuye frecuentemente, pues ésta la vendió J.J. Herrera (quien por cierto tiene en Xalapa una calle a su nombre), sino por la de ponerse estúpidamente a las órdenes de Maximiliano de Habsburgo, quien lo despreció. Pero a causa este desliz Santa Anna fue juzgado –literalmente- y el veredicto fue: “Culpable de traición a la patria”. Este episodio no le trajo ningún beneficio al protagonista de esta novela y nos muestra la fragilidad de la inteligencia y la suerte del ser humano: Santa Anna le apostó al bando equivocado y perdió. Perdió hasta el honor, porque no quedó como pendejo, sino como traidor a la patria.

Todo lo anterior es importante, pero hay muchas otras frases más dignas de ser resaltadas: “El trabajo bien pagado es el trabajo más productivo” (Serna, p.159). Esta frase surge de un comentario que Poinsett le hace a Santa Anna:

            “–¿Cuánto ganan sus peones?
            –Real y medio o dos reales de jornal, como en todas partes.
            –Eso lo explica todo –Poinsett chasqueó la lengua–. Este pobre país no ha salido del atraso porque los dueños de la tierra explotan a los indios como si fueran bestias.
            –Óigame –le reclamé–, aquí por lo menos no existe la esclavitud.
            –Le aseguro que nuestros esclavos viven mejor que sus peones…” (Serna, p.159)

Este diálogo pone el dedo en la llaga sobre uno de los problemas cruciales de México que aún persisten: la sobre explotación de las clases trabajadoras, la avaricia de las clases dominantes y el obstáculo que significa para el país la política de salarios mínimos, los cuales son notoriamente insuficientes para que un padre de familia pueda disfrutar de los derechos que le confiere el artículo 123 constitucional. Este fenómeno, a su vez, es un freno para los emprendedores mexicanos de clase media: no pueden vender a buen precio sus productos o servicios porque, como la gran mayoría de los mexicanos está empobrecida, ésta sólo adquiere lo mínimo indispensable para sobrevivir y de preferencia cazando ofertas.

Todo este tipo de frases le dan un carácter prospectivo a la novela y por todas partes se pueden encontrar más y más ejemplos: “Los tiranos creen que el poder se conserva a punta de bayonetas. En México no es así: basta con repartir a la masa un puñado de cohetes y unos barriles de pulque.” (Serna, p. 201). Esto es otra versión del famoso “Dar pan y circo” de los romanos; lo que, en términos más técnicos y modernos, es la base de la teoría de las prestaciones sociales, del Estado Benefactor y contrasta con la idea de militarizar al país que se ha estado aplicando en México desde el año 2005.

Los episodios de las guerras de Texas, de los pasteles y la del 47 están bien muy documentados y Enrique Serna aprovechó muy de cerca toda esta información, las cuales fueron narradas de tal manera que se siente la acción y las emociones de una manera muy vívida, pues tienen una gran verosimilitud; y, en el caso de gente como el que estas líneas escribe, se puede decir que muchos de estos episodios le dan un plus por ser habitantes de las ciudades de México y de Xalapa, por haber paseado alguna vez en la hacienda de El Lencero, por Cerro Gordo, La Antigua, el Convento de Churubusco, etcétera. Aunque son hechos que ocurrieron en otra época y los sitios pueden haber cambiado, la imaginación vuela un poco más al saber que tanto el protagonista como el lector hemos estado en el mismo sitio, bajo la misma temperatura solar, atacados por los mosquitos, bañados por los mismos ríos y los mismos mares, o que hemos respirado el aire de la misma región y reposado bajo la sombra de los mismos árboles. Esto puede suceder lo mismo en el castillo de Chapultepec o en el convento de Churubusco, que en la Hacienda del Lencero, las caballerizas de Santa Anna, el casino xalapeño, el salón de actos de la escuela preparatoria “Juárez”, el castillo de San Juan de Ulúa o la plazoleta del mercado de San José, en Xalapa.

Otra frase prospectiva es la que dice “en este país el que juega limpio, limpio se va a su casa…” (Serna, p. 285), que coincide con un deshonesto dicho actual: “En México, el que no transa, no avanza”. La corrupción es un atajo que debe ser tomado con fines pragmáticos y es un mal que está extendido por todas las arterias del México contemporáneo. Pero, como se ve en la novela, este cáncer no es algo de reciente aparición.

Serna cita una obra que leí en mi juventud y de alguna manera me marcó, por ser mexicano; se trata de unos Apuntes para la historia de la guerra entre México y Estados Unidos. Esta obra me predispuso contra Santa Anna. Yo leí la edición del siglo XXI, anterior a la consultada por Serna, que es de 1994, publicada por Conaculta. En la edición del Siglo XXI aparece al principio del libro un facsímil con la prohibición que hiciese Santa Anna en su momento, censurándola. Respecto de esta obra, el protagonista de El seductor de la patria dice:

“Eso lo saben de sobra los políticos avezados como Gómez Pedraza, que en el año 48 encargó a sus secuaces del partido moderado unos Apuntes para la historia de la guerra entre México y Estados Unidos, en los que no se me trata de traidor, pero sí de engreído y mal estratega. Según los Apuntes, la guerra se perdió por mis errores en la planeación de la campaña por no tolerar que ningún subalterno me hiciera sombra y por elegir mal el terreno de las batallas.” (Serna, p.347). Aquí está el meollo del asunto. Santa Anna no perdió las guerras por traidor, sino por “ver pendejos por todas partes”. Este rasgo de personalidad le costó muy caro no sólo al protagonista, sino a México, a América Latina e incluso al mundo entero.

Otra frase prospectiva que muestra una de las razones por las que México perdió la guerra del 47 (y por las que cada cuatro años pierde en las Olimpiadas y en el Campeonato Mundial de Futbol y otros deportes) es la siguiente:

“En otros países el general en jefe puede dedicarse desde que toma el mando a profundas meditaciones estratégicas, a dirigir movimientos de tropa que deben ejecutarse con precisión y oportunidad. Aquí el desgraciado a quien se llama general en jefe tiene que buscar por sí mismo el socorro del soldado, su vestuario, los pertrechos y todo el material de guerra, con el riesgo de quedar en la ruina si los negocios públicos tienen mal resultado.” (Serna, p. 353)

Puedo decir que en la actualidad, no sólo los generales están en la misma situación. Como productor artístico lo pude constatar en carne viva: en el 2015 produje un evento muy ambicioso, pero los negocios públicos andaban en muy mal estado: el dinero salió de mis bolsillos sin retorno y acabé con una fuerte deuda económica. Pero esto ha sido durante casi toda mi vida artística, desde 1977. Por esta razón, uno de los protagonistas de mi futura novela El abogado de causas perdidas está inspirado en un personaje de la vida real que incursiona en la política y la administración deportiva pública; y, antes de caer en desgracia, pasa por la situación de estar mendigando los apoyos financieros para poder operar; de hecho, su rebeldía puede ser una de las causas de su caída. Pero dejemos que sea Santa Anna quien desarrolle un poco más el tema:

“En su descargo (de Gómez Farías) debo reconocer que luchó a brazo partido por obtener fondos, pero se topó con la mezquindad apátrida de las familias acomodadas, que fingieron sordera o abandonaron al país con tal de no hacer donativos al tesoro público.” (Serna, p.354).

La cita anterior me motiva a hacer la siguiente pregunta retórica ¿Han cambiado las cosas en el México actual? De esta mezquindad se nutre el episodio de la deserción del soldado Juan Tezozómoc, cuya traición es importante en la pérdida de varias batallas en la ciudad de México: las condiciones lamentables de la tropa mexicana se debían a la falta de presupuesto para equiparlos, armarlos, alimentarlos, trasladarlos y mantenerlos en buenas condiciones de salud, lo cual resultó en una gran mortandad antes, durante y después de los combates. Los que podían, huían o se pasaban al enemigo. La palabra “patria” no tenía ningún sentido para ellos como tampoco la tiene hoy con el que emigra, quien podría decir que “no me voy porque no quiero a mi patria, sino porque es mi patria la que no me quiere a mí”.

Una cita chusca, pero que tiene una verdad escondida, es la que dice “hombre de finos modales que tuvo el tino de obsequiarme un quintal de café con mi mezcla preferida de granos: caracolillo de Huatusco y planchuela de Coatepec.” (Serna, p.417). Esto fue dicho ¡en Colombia! Santa Anna ¿Era naco o conocedor? La verdad es que un buen café de Huatusco o de Coatepec puede superar en calidad al café colombiano, pero al café de Huatusco se le desprecia a causa de ser barato y de no tener bien establecidos sus canales de distribución internacionales.

Las citas que he comentado sólo son la punta del iceberg de una gran cantidad de momentos apasionantes, pintorescos, íntimos, divertidos, prospectivos o de acción intensa que mueven a la reflexión, la risa o la compasión. Pero no hay espacio aquí para citarlos a todos, así lo que cerraré con una última cita:

            “–Soy un miserable –Continúa el moribundo–. Traté a la patria como si fuera una puta: le quité el pan y el sustento, me enriquecí con su miseria y su dolor.
            –Calle usted –Lo interrumpí–. El héroe de Pánuco no debe hablar de esa forma.
            –Pero es la verdad. México y su pueblo siempre me han valido madre…” (Serna, p.512).

Con esta última cita, que es con la que concluye la novela, Serna nos demuestra que el profesor de Leyes de la Universidad Veracruzana,  quien dijo en clase que Antonio López de Santa Anna fue el primer político mexicano moderno, no andaba tan equivocado.


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