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martes, 21 de mayo de 2013

15 de mayo, la otra batalla.

Hoy, 21 de mayo, me llamaron la atención dos noticias publicadas en el Diario Az de Xalapa, Veracruz. La primera de ellas se titula "Una pandemia llamada obesidad". Refiere el mencionado artículo que, en México, desde 1970 a la fecha "el consumo de kilocalorías ha incrementado en 15%; en ese lapso, el tamaño de porciones se ha duplicado; el desarrollo del sistema de transporte público, la televisión y el surgimiento de comercios cercanos a toda ubicación, han resultado en menor actividad física y por lo tanto mayores niveles de sedentarismo..." y "según datos aportados por la OCDE, México ocupa el segundo lugar en obesidad, sólo superado por Estados Unidos". El asunto es serio, toda vez que la obesidad es la puerta de entrada a graves enfermedades como: diabetes, enfermedades cardiovasculares, cáncer, infertilidad, inseguridad emocional y cambios (negativos) de humor. Finalizó el artículo en comento diciendo que "Al ritmo actual, se estima que para el año 2017 los servicios de salud en México gastarán 101 mil millones de pesos para tratar males derivados de la obesidad, es decir, un incremento de más del 50 por ciento en relación al año 2008. Es mejor actuar ahora, y añadir vida a la nutrición". Y yo agregaré: hacer ejercicio. Está comprobado que en media hora de ejercicio aeróbico, se quema toda la glucosa sobrante del día. Y, pasando esa media hora, se quema grasa; es decir, una hora de ejercicio aeróbico, no sólo nos evitará acumular glucosa (y, por consiguiente, grasa) sino que nos ayudará a eliminar la grasa sobrante. Personalmente, he comprobado cómo, tras dos horas de andar en bicicleta, a los dos días siguientes la báscula registra que perdí 300 gramos de peso. ¿Por qué? Un científico lo explicaría mejor que yo, pero voy a arriesgar una opinión: tras andar dos horas en bicicleta, si bien el gasto de glucosa, grasa y líquidos debería reflejarse en dos kilos menos, el proceso de deshidratación que implica hacer un ejercicio aeróbico intenso como es la bicicleta, invita a reponer los líquidos bebiendo varios litros de agua u otro tipo de bebidas rehidratantes e incluso remineralizantes. Por consiguiente, al día siguiente, la báscula quizá no sólo no marque un descenso, sino un ascenso de 100 o 200 gramos de peso. Pero, si al día siguiente de andar en bicicleta no se hace tanto ejercicio aeróbico (se recomienda descansar o hacer ejercicio anaeróbico, para fortalecer las paredes del corazón), el cuerpo eliminará los líquidos ingeridos el día anterior y, el verdadero resultado se verá al tercer día. Lo tengo comprobado estadísticamente. En lo que va del año, he estado practicando ciclismo, caminata y ejercicios anaeróbicos (pesas, abdominales, lagartijas, etc) y he bajado cinco kilos. La presión arterial, se me ha normalizado, sin recurrir a medicamentos, pasando incluso, de la hipertensión a medidas como 105/67, tras una sesión de dos horas en bici y un buen descanso. En conclusión, el ciclismo es casi la panacea. Pero, ¿a qué se expone uno paseando en bici por las calles de Xalapa? Ya en otro artículo me referí al riesgo de ir a lugares donde convive uno con la fauna silvestre, pues estuve a punto de pisar o ser mordido por un reptil con forma de serpiente. En ese mismo sitio, un año antes, estuve en las mismas circunstancias respecto a otro reptil que tenía forma de "coralillo". Averiguar, a esa velocidad, si le falta un anillo o no al bicho, para deducir si es venenoso o no, es algo que en la práctica "no es operativo", para emplear una frase de moda. "No aplica", dirían otros. "Es absurdo y peligroso", dirían mis abuelitos, que en paz descansen.
Puestas así las condiciones, lo más sensato, en apariencia, es ir al centro de Xalapa y transitar por la ciclopista. Fue un buen intento de nuestra alcaldesa, pero... justamente el otro artículo que voy a citar se titula: "Ciclovía, peligrosa para unos, molestia para otros". Y dice: "La ciclovía se está convirtiendo en un lugar peligroso para los ciclistas, ya que no sólo genera la molestia de los automovilistas por el enorme caos vial que produce..." Bueno, aquí el reportero ha dicho una verdad y una mentira. La verdad: los automovilistas sí son un peligro para los ciclistas, como también lo son para los peatones e incluso para ellos mismos, como podrá deducirse del avance del artículo en comento. La mentira es que sean los ciclistas la causa del embotellamiento. Desde que tengo uso de razón (y mañana voy a cumplir 61 años de edad), en todas la ciudades del mundo, los automovilistas se las arreglan para estorbarse los unos a los otros, gracias a su falta de civilidad, inteligencia práctica e inteligencia emocional. Muchos automovilistas creen que la licencia para conducir (el carnet de conductor, dirían en otros países), es una licencia como la que tiene James Bond (agente 007, con licencia para matar). Todos los días hay muertos y heridos, atropellados por cafres del volante, así como choques entre coches, autobuses, pipas, tráilers e incluso, casas derruidas por algún conductor enloquecido que se salió del camino. Hace unos años, en la Avenida Murillo Vidal, cercana a mi casa, vi a un coche colgando de un árbol. ¿Cómo le hizo el conductor para colocar ahí su automóvil? No lo sé. Era espectacular e hilarante a la vez. El tipo salvó la vida de milagro. Unos metros más adelante, está el puente de la misma avenida, el que derribó un trailero, desobedeciendo las señales, pagándolo con la propia vida. Claro está que a los automovilistas les ayudan en su labor infernal los semáforos mal coordinados, las señales ausentes, escondidas o engañosas, los actos cívicos, religiosos, deportivos o de protesta, las obras (perpetuas) de reencarpetamiento, mantenimiento o ampliación, etc., etc.
La verdad es que, en Xalapa, los ciclistas no tienen derechos: tienen prohibido transitar por la acera peatonal, por lo que se ven obligados a circular sobre la cinta asfáltica. Cito por última vez el segundo artículo del diario Az, antes de pasar al cuerpo de este relato. Ya sabe Usted, amable lector, que para leerme necesita hacerlo durante un buen tiempo, o hacerlo por etapas. Pero la lectura debe ser un placer, así que hágalo en un momento de descanso, tómese un café, aproveche para fumar; si le gusta el tabaco,  saque su pipa o un habano. O échese una copita de Cognac, de Don Pedro o lo que tenga a la mano. Escribió Ada Reyes, la autora del reportaje "Lo más notable fue cuando decenas de automovilistas, en especial propietarios de combis rojas, amarillas y azules, que transitaban por el viaducto, al ver pasar a los ciclistas les sonaban el claxon, en son de protesta, ante la vista de los agentes de Tránsito. Los agentes trataban de contener a los airados automovilistas, que sin importarles que los ciclistas fueran niños les sonaban el claxon y aventaban sus autos para ganarle el paso a los automóviles que bajaban de Clavijero, a su vez los de Clavijero por momentos invadieron la ciclovía. Se pudo observar al menos a diez automovilistas, incluidos choferes de las combis, quienes reclamaban a los agentes viales el no poder controlar y poner orden al tráfico, los agentes se veían asustados y a pesar de que hay una sanción pecuniaria por invadir carril, por sonar claxon dentro del viaducto y hasta por echarse el coche encima unos a otros, ningún agente aplicó sanción". ¿Cómo la ven?  En vez de agentes de tránsito, se necesitará el apoyo de El Ejército y La Marina para meter en orden a los desquiciados y violentos automovilistas. Ahora sí, procedo a exponer mi relato de la batalla del quince de mayo. Sucede que el 15 de mayo fue mi primer día en que salí a atender mis asuntos en bicicleta; y, quiero decir, que fue un gran acierto: en adición a las complicaciones del Día del Maestro, que por ser fin de quincena también lo era de aviadores (adjetivo con el que se califica en México a ciertos personajes que sólo "aterrizan" en la oficina los días de cobro), hoy se complicó más a causa de unos profesores protestones que se congregaron en la céntrica Plaza Lerdo para manifestar a voz en cuello que "ese día no había mucho que celebrar, aunque sí para denunciar". Y lanzaban consignas tales como "profesor reprobado, seguro diputado". Exigían que la evaluación fuera pareja: evaluación a los profesores, evaluación a los políticos. Aseguraban que los políticos reprobarían. Yo no dije nada, sólo trasmito lo que los iracundos profesores gritaban y exhibían en sus antiestéticas pero convincentes pancartas. Independientemente de la razón o la sin razón de sus protestas, los profesores respondones bloquearon el tráfico de la ya castigada ciudad de Xalapa, poniéndola con las patas para arriba.
Yo venía pensando en el profesor Carlos A. Carrillo, apóstol de la Educación en Veracruz y su gran amigo, el Gobernador Juan de la Luz Enríquez, liberales ambos, del siglo XIX, de aquella raza de mexicanos que enfrentaron al integrismo romano e incluso al integrismo cientificista. ("Integrismo" es "fundamentalismo". Para entender el uso que le doy al vocablo, ver el libro "Los integrismos" de Roger Garaudy, Gedisa). Aunque quizá ambos personajes quizá después cayeron en lo que Garaudy llama "integrismo cientificista", al que Juárez y Porfirio Díaz combatieron el 5 de mayo de 1862, en Puebla, como expliqué en un artículo anterior.
Según Roger Garaudy, los integrísimos agresivos necesitan de los integrismos defensivos y viceversa. El abuso de los religiosos regidos por las normas del Concilio de Trento y el Tribunal de la Santa Inquisición, llevaron a que el Estado laico y el sector científico adoptaran posiciones fundamentalistas de sentido inverso; al principio, defensivas, después, imperialistas. El ateísmo y la fe en la ciencia empirista de los siglos XVIII y XIX, precisamente por ser una fe, se alejaron por momentos de la verdad y del espíritu original de la ciencia, para convertirse en un instrumento de dominación ideológica, política e incluso colonial. Fue por eso que las tropas de Napoleón III vinieron a invadir a México, "país atrasado, sin cultura y sin Historia", a su decir. Venían a "civilizarnos". (Sí, ¿Cómo no?). Pero se llevaron un chasco. Lo curioso es que, una vez derrotados los franceses y el imperio de Maximiliano de Habsburgo, Porfirio Díaz, una vez presidente sempiterno de nuestra república, adoptó un estilo de gobierno afrancesado y su círculo de intelectuales era el club o partido de Los científicos; sin duda, ingresó a las filas del integrismo cientificista, aunque haciendo algunas concesiones al integrismo romano (por no decir "Católico"). El país, sin duda, avanzó hacia la modernidad, pero creando y manteniendo graves desigualdades sociales que acabaron arruinando su estancia en el poder hacia 1910. Los profesores, en aquel mandato porfirista de 30 años, sin duda gozaron de mejores condiciones que en tiempos pasados y fueron un factor para el progeso del país. El problema con el régimen pofiriano era que el 85% de las tierras pertenecían al 15% de la población. El 15% restante, por ende, pertenecía al 85% de la población. No me pregunten a quién pertenecían las tierras áridas del norte. ¡Caramba con nuestros bisabuelos! ¡Qué inconformes y revoltosos! Hoy en día, según Benjamín Stiglitz, el 99% de la riqueza mundial pertenece al 1% de la población y no pasa nada.
El caso es que en 1910 estalló una revolución social, la segunda del siglo XX y la primera en no ser sofocada: según Adolfo Gilly (La revolución interrumpida), la Revolución Mexicana terminó en empate. La de 1917, en Rusia, fue la tercera del siglo y la primera triunfante.
Una vez calmados los ánimos en México, después de 1917, durante el mandato del General Álvaro Obregón, el genial José Vasconcelos lo convenció para crear un ministerio de cultura que hoy es la Secretaría de Educación Pública. La escuela pública resultante era una especie de templo del saber y, el profesor, una especie de sacerdote. ¡Qué tiempos aquéllos!: El profesor era un ser respetado y, al mismo tiempo, un agente del progreso y la pacificación del país.
A lo largo de los gobiernos emanados de la Revolución, el profesorado fue un agente estratégico para la evolución del país. Hacia la guerra de Los cristeros, muchos profesores pasaron de apóstoles a mártires: los cristeros, soldados del integrismo romano, les cortaban las orejas, la lengua o las manos, en actos de una barbarie imperdonable. Esto era particularmente grave en la región del Estado de Nayarit, según me contaba mi padre, pues por ahí tuvo que pasar, en ferrocarril, con el alma en un hilo. Dato que fue confirmado por mi suegro, el profesor Prisciliano Ramírez. Claro, el cine norteamericano, fabricado en un edificio estratégico que está junto al Pentágono o no sé que edificio gubernamental del Imperio, ahora nos quiere vender la idea de que nuestro gobierno era el criminal. No sé cuales sean sus intenciones, pero no parecen ser buenas para nosotros.
Retomando el asunto, ser profesor, entre 1962 y 1974, era ser un ciudadano respetable. Quise decir, al estilo del ya citado Fox: "las y los profesores"; militantes del partido feminista, por favor pasen por alto este "machismo" de la lengua castellana y entiéndanme. Estoy hablando en genérico, sin ánimo de establecer algún tipo de discriminación de género. De hecho, estoy pensando en mi esposa y una de mis cuñadas, quienes, en aquella época, realizaron tres viajes de placer a Europa con su sueldo de profesoras de Educación Primaria. Hoy en día, un profesor universitario de tiempo completo (como lo fui hasta 2008), debe pensarlo hasta tres veces antes de embarcarse en un viaje de estos, pues acabaría endeudado por varios lustros.
Vino el mandato del presidente Luis Echeverría y el líder magisterial Carlos Jongitud. El "charrismo" sindical seguramente era anterior a ambos personajes, pero estaba en su época de oro por aquellos años. Pero, ¿qué importaba? El Gobierno pagaba bien, los profesores tenían dinero para comprar libros, eran dóciles y eficientes. Vino la crisis de 1982. El oficio de profesor, al igual que la moneda mexicana y muchos otros oficios, comenzó a devaluarse de manera escandalosa, al tiempo que una lideresa magisterial, que había desplazado a Jongitud, se entronizó al estilo de Porfirio Díaz y adoptó un estilo parecido al de "La Reina de Corazones" de Alicia en el país de las maravillas. (¿Por qué no? México también es un surrealista País de las maravillas).
-Que le corten la cabeza -Era la frase favorita de la reina.
Fue tanto el poder de la lideresa magisterial, que fundó su propio partido, el PANAL y se atrevió a desafiar al entonces partido hegemónico, siendo su traición un factor estratégico importante para que los ultraderechistas Fox y Calderón (y adalides del integrismo romano) se adueñaran temporalmente del poder presidencial por doce fatídicos años, con el saldo en vidas y quebrantos económicos que hoy todos los mexicanos conocemos.
El magisterio, cada vez más devaluado, dejó de comprar libros y, por consiguiente, de leerlos. Pasó de ser un agente del progreso a ser un enardecido pobretón dispuesto a realizar actos vandálicos en la calle, bloquear carreteras, dañar monumentos y romper vidrios, escaparates y cuanta cosa se cruce en su camino. Al hacer esto, se le olvidan los alumnos, quienes asisten a las aulas para esperar una clase que nunca reciben. Y, el día que hay clases, a menudo el profesor llega mal preparado. O, incluso, borracho. Que no me digan y que no me cuenten: además de ser profesor, también soy padre de familia y mis hijos me lo contaron todo.
La pregunta obligada es ¿por qué el profesor-apóstol-mártir-agente del progreso se convirtió en un pobretón ignorante y pendenciero, miembro de grupos de choque con afanes politiqueros, justos o no? Sin duda, buena parte de la responsabilidad recaerá en una larga cadena de políticos de todos los niveles. Ahora el gobierno de Peña Nieto quiere corregir el rumbo. Y es importante que lo consiga, para bien de nuestra nación. Pero, seguramente muchos profesores sospechan que la evaluación no es tanto para medir sus conocimientos y aptitudes, sino su docilidad al gobierno en turno, en tanto que los medios de comunicación no se cansan de repetir mil veces al día que los profesores temen a la evaluación porque "no saben nada". Puede que haya algo de verdad en ambas posiciones, de modo que me parece justo que los profesores se sometan a una evaluación si los políticos también lo hacen. Y, el que repruebe tres veces, que cambie de oficio una buena temporada, mientras se dedica a aprender el que pretende ejercer.
Pero todo esto no era de lo único de lo que quería hablar, sino de cómo sorteé el caos vehicular con mi bicicleta. Hace una semana, me compré una mochila de explorador y una cadena para sujetar mi bici a un poste y dificultarle su labor a los amigos de lo ajeno. Cuando fijaba mi bici a un poste, pensaba en un vídeo del youtube donde el expositor hacía notar que en Japón, cualquiera puede dejar su bicicleta sin fijarla e incluso dejar la cartera en el suelo, con la confianza de que nadie se las robará. Porque en aquel lejano país es una costumbre darse cuenta de qué es lo propio y qué lo ajeno. Y llevarse sólo lo que es de uno. Pensé que tal vez en Japón habría otro personaje que diría que en México respetamos lo ajeno. Total, con la distancia, ¿quién va a viajar de un país a otro nada más para comprobarlo?
El asunto es que estaba aquí y ahora, en México, y entré al banco con la zozobra de que alguien podría encontrar la manera de violar el candado, romper la cadena o, incluso, robarse la bicicleta con todo y poste. Afortunadamente, no fue así. Lo que sí pude constatar, era que los automovilistas eran tan estorbosos, que a menudo me tenía que subir a la banqueta peatonal para poder avanzar. En el centro de Xalapa, a medio día, hay tantos peatones como vehículos. Pero los peatones avanzan más rápido y no tienen que buscar un sitio para estacionarse. Cuando salí de aquel atolladero, al inicio de una avenida cuesta abajo, puse las velocidades de la bici en tercera y octava y pedaleé con fuerza. Un taxista, que estaba varado en dirección contraria, giró bruscamente en "u" y por poco chocamos. Ambos frenamos a tiempo. El taxista, amablemente me cedió el paso, me rebasó y, al poco rato, lo alcancé. Se quedó esperando "el siga" del semáforo, tras una larga fila de automóviles. Yo me cambié de acera y llegué a casa una hora o dos antes de lo acostumbrado. Yo adoro a mi automóvil, pero me fastidia estar horas y horas esperando a que el tráfico se destrabe. Ese día, además de llegar antes de lo previsto, hice ejercicio. Así fue mi primera vez con la bicicleta. Y qué decir del ahorro de gasolina. Podría decirse que gasté en un litro y medio de agua para beber, pero eso equivaldría a la cantidad de dinero que pagaría en un estacionamiento. En conclusión, ahorré tiempo y gasolina. Y todavía me quedó energía para pasear con la bici una hora más en el maravilloso Parque Natura. ¿La presión arterial resultante? Tras de estar cuatro o cinco horas en el automóvil e ingerir comida chatarra (ante la imposibilidad de volver pronto a casa), la presión arterial llega a subírseme a 160/100. Por donde quiera que se le vea, es mala señal; en cambio, tras andar una o dos horas en la bici -y el 15 de mayo fueron tres- mi presión acabó en 107/67. Tener la presión baja me permite tomar café negro por la tarde. En Xalapa, es posible consumir muy buen café; incluso en un trasnacional Italian Coffe. Mientras rebasaba las interminables filas de frustrados automovilistas montado en mi bici, pensaba en lo mal que se deben de sentir, atorados en su vehículo y con una deuda de $160000 a $540000, la que tardarán varios años en pagar (y sólo si conservan su trabajo). También pensaba en la paradoja: todos esos infelices seres habían hecho ese fuerte compromiso económico para llegar rápido a casa o al trabajo. Comprendí porqué algunos conductores (demasiados, para mi gusto) desarrollan instintos asesinos y/o suicidas cuando están al volante. Ya sé que habrá un Troll que diga que mi escrito está falto de análisis y de documentación, pero, la verdad es que ha habido demasiados automovilistas que se han metido a una cantina, bar, disco, antro, pub o como se le llame ahora, para salir completamente beodos y, a veces, hasta cruzados con droga, para salir a jugar arrancones o a la gallina ciega. O simplemente, a tratar de trepar su automóvil a la copa de un árbol, o derribar casas, puentes y muros de contención. Otros gustan de salir volando al vacío en la curva de una carretera en la noche. Lo sé por experiencia, pero, el que lo dude, puede consultar una hemeroteca. La sección policiaca de los periódicos de cualquier parte del mundo está documentada con numerosos accidentes de tráfico, donde el alcohol y ciertos desórdenes psicológicos están involucrados. Lo que no entiendo es ¿Porqué la humanidad no se baja de su automóvil y se sube a una bicicleta?

Nota del 16 de mayo de 2013.

Son las 18 horas. Me hablaron de SEARS.
-Ya están listos sus lentes -me dijo una encantadora voz de mujer.
Como se trataba del SEARS de Plaza Américas, imaginé que el tráfico vehicular estaría conformado, como suele suceder en ese rumbo y a esa hora, por largas falanges de unidades automotoras estacionadas a perpetuidad sobre el asfalto, esperando su turno para avanzar un metro cada diez minutos. No fue así. De todas maneras, avanzaba en la bici casi tan rápido como los vehículos motorizados. Intenté bajar unas escaleras al estilo del ciclista de montaña. La bici estaba a punto de perder el equilibrio, de modo que frené y me bajé de ella. Reinicié mi marcha y, un kilómetro antes de llegar a mi destino, la estrella del distribuidor de velocidades de la pinchi bici se rompió. Creí que era una simple zafada de cadena, de modo que perdí cerca de una hora al tratar de acomodarla. Me llené las manos de aceite mezclado con lodo. Decidí avanzar empujando la bici a pie. Llegué a la plaza. Me dirigí a Deportes Martí, donde me la vendieron, para ver si alguien la podría arreglar. Ahí fue donde se dieron cuenta de la avería.
-No tiene remedio -me dijo el vendedor-. Tiene que ir al taller a que le pongan otra. aquí no la vendemos.

Sin embargo, lo que le hicieron a la bici, me permitió regresar a casa montado en mi flamante vehículo, con una velocidad bastante humilde. Antes de entrar a la plaza, los agentes de seguridad me miraban con expresión de querer golpearme con la macana. No fue así. Incluso, en el W.C., mientras me quitaba el aceite de las manos, una conserje me obsequió jabón en polvo, pues el de la jabonera habitual no era suficiente. Recogí mis lentes y regresé a casa pensando que tal vez lo sucedido era una respuesta del cielo.
Lo que me pasó puede ser una de las razones por las que la humanidad prefiere andar en automóvil, a pesar de los inconvenientes que esto conlleva. Pero más bien parece ser una señal divina: creo que es el momento de consultar a un chamán para que me haga "una limpia".




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