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martes, 12 de septiembre de 2017

Tan sólo cenizas...

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Estoy de un ánimo sereno, aunque un tanto nostálgico. El día está nublado. Mi nietecita Minerva, de seis meses de edad, también tiene el blues: al aporrear el piano desde hace unos días, ha dejado de hacerlo con entusiasmo y ahora toca unas notas aisladas, espaciadas en el tiempo, con la cabeza agachada. De hecho, hoy ella estaba de un humor francamente negro y quién sabe por qué. Sonaba el tren a lo lejos, sus trompetas hacían vibrar un acorde de séptima de sensible del modo mayor, acorde muy dramático según el profesor Dionisio Ceniceros.
 En lo que sale mi hija para que la lleve a trabajar al coro me puse a tocar en el piano mis composiciones de la suite Las Inevitales Despedidas. Estoy escribiendo esto en un café que está en el rinconcito de una plaza comercial. Me distrajo la mesera y olvidé que primero quería anotar que para motivar a mi nietecita empecé a tocar el acorde del tren con un motivo jazzístico de dos notas. Yo procuraba que el acorde tuviese al menos una nota en común con las teclas que ella oprimía. La nena entendió y captó que tanto el ritmo como el acorde estaban en sintonía con su estado de ánimo y le encantó el resultado. Repetimos nuestras ideas musicales varias veces, siguiendo en la línea oscura de los últimos días, yo tocando el acorde del tren y ella aderezándolo con más disonacias, de las que alcanzaba a producir con sus manitas.
El caso es que los acordes que logramos me recordaron mis composiciones de Las Inevitables Despedidas y cuando mi nieta regresó a los brazos de su madre, me puse a recordar la primera pieza, en lo que mi hija acababa de vestirse para ir al coro. Me aprendí el pasaje de la mano izquierda de la primera pieza. Cuando la toqué con fluidez y algo de interpretación, me dí cuenta de que no me quedó tan mal; de hecho, me quedó muy bien y funcionaría en guitarra sin la parte de la mano derecha. Estas piezas las compuse en 1973, en plena castidad. Según el Maestro Dionisio Ceniceros, fueron mis últimas piezas compuestas en tal estado de ánimo tan peculiar, muy bueno para la creatividad musical y poética pero lamentable para los deseos de un joven veinteañero. Estaba a punto de conocer a Amaranta, con quien perdí no sólo la castidad, sino la soltería y la libertad.
­                  -En lo sucesivo tus composiciones van a ser vulgares, como las de los demás-, me dijo el maestro Ceniceros.
 La primera composición que hice para un ensamble instrumental la hice con la misma técnica que Las Inevitables Despedidas, con armonía cuartal, y su frivolidad pareció confirmar la profecía del maestro, pues no alcanzó la misma calidad. El asunto aquí es, ¿fue la pérdida de la castidad o fue la falta de pericia en el manejo de los instrumentos orquestales? Las piezas para piano me salieron bien porque yo sabía algo de piano; y de los otros instrumentos, nada. Tener sexo antes y después de casarme me reveló una serie de situaciones emotivas que antes sólo imaginaba pálidamente. Para mí no son sentimientos vulgares sino normales.
La primera vez que rompí con Amaranta escuché de otro modo el primer movimiento del cuarto concierto para piano de Beethoven. Fue una experiencia mucho más intensa que todo lo vivido con anterioridad. Beethoven, el solterón, se llevó muchos desengaños amorosos, pero es probable que llegase tan lejos como yo en algunas aventuras amorosas. Los desencuentros duelen. No sé cómo se metió Amaranta a cada una de las notas de ese concierto, el caso es que el oboe me recordaba su voz, el clarinete a la habitación donde hacíamos el amor, las cuerdas su perfume y el piano su piel, sus labios, sus ojos. Afortunadamente lo estaba oyendo en la sala de mi departamento y a solas, pues me solté llorando como una Magdalena y si hubiese hecho eso en una sala de conciertos todas las miradas se habrían dirigido hacia mí, como si fuese un bicho raro.
Hoy Amaranta está muerta. Yo vi cómo mi hijo mayor cargaba la urna con sus cenizas. El otro día apareció frente a mi zaguán un polvo extraño, como si a alguien se le hubiese derramado un kilo de azúcar o de harina color de hueso. Cuando mi esposa y yo lo descubrimos había unas cucarachas alrededor de él y pensamos que un perro había defecado ahí y un alma piadosa había cubierto el desperfecto con cal. Pero no era ni cal, ni harina, ni azúcar, sino una sustancia pegajosa, difícil de remover y que con la lluvia se volvió chiclosa y muy adherente ¿Será que la última voluntad de Amaranta fue que tiraran sus cenizas frente a mi portón de entrada? ¿Como Servilia, la enemiga de Atia, quien se suicidó frente a su casa para lanzarle una maldición? ¿A poco la Amaranta me quiso tanto como yo la quise?

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