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domingo, 15 de junio de 2014

Shakespeare M en Xalapa

Ayer fuimos al teatro La Libertad a ver Shakespeare M. Me la recomendó un amigo, Tony Ortiz, un joven director de teatro; pero, de por sí, en mi familia somos clientes recurrentes de tal sitio que dirige el reconocido artista Abraham Oceransky, quien siempre nos ha sorprendido con sus creativas puestas en escena. Tras una larga espera a causa de un evento en el espacio de al lado, donde tuve la fortuna de escuchar de manera gratuita al afamado grupo Tlen Huicani y otro grupo de folklore veracruzano, la función inició con una o dos horas de retraso. Independientemente de la nobleza de las acciones tomadas en este recinto vecino (pues son eventos para recaudar fondos en favor de comunidades en situación difícil, no sólo de pobreza, sino por los desastres fluviales de la temporada) creo que quien los coordina debería por lo menos avisarle a la compañía teatral de al lado para que se programen sin interferirse, ya que se trata de hacer el bien, y no de dañar a otros. Porque las potentes torres de sonido de un evento ahogan a las voces del otro. Y si el otro también hiciere uso de los altavoces a todo volumen, ninguno de los eventos sería placentero. De hecho, en el evento que se presentó en Manos Veracruzanas, sólo el grupo Tlen Huicani tenía un volumen adecuado. Pero el espectáculo que se presentó después de ellos, era demasiado escandaloso. Yo no sé como a la gente de hoy le gusta percibir tal agresión sonora. Desde hace muchos años se sabe que arriba de los 90 decibeles las ondas sonoras dejan de ser música y se convierten en una de especie de ruido que puede ocasionar dolor y daño al aparato auditivo. Tampoco creo que se trate de un sabotaje porque la obra Macbeth haga alusiones a ciertos políticos contemporáneos: si bien Shakespeare M inicia su acción en un campamento rebelde, Macbeth fue escrita en Inglaterra, en el siglo XVII. No creo que a alguien le venga el saco. Así que Shakespeare M inició con los personajes vestidos a la usanza de los mineros, con todo y lámparas de casco, lo cual, bajo una lectura superficial, nos podría remitir a los narcos excavando sus túneles; pero no hay nada de eso: en seguida entran unos soldados a acribillar con ráfagas de ametralladora a dichos rebeldes, con un estruendo de balazos y explosiones bastante violento, que nos podría remontar a las balaceras que tanto nos afligen. Más, al observar a los soldados, uno percibe que traen cascos ingleses de la Primera Guerra Mundial. Por consiguiente, no se refieren a soldados mexicanos. Ni siquiera tienen cascos nazis, recurso ya un tanto gastado para referirse a gobiernos tiránicos. Los oficiales, en cambio, traen viseras y charreteras con motivos de rojo intenso, que nos remiten a los oficiales del ejército rojo de la U.R.S.S. o de alguno sus países satélites de Europa Oriental. De nuevo, no están hablando de México. Pero uno siente todo el tiempo que estamos ante un ejército atemporal, pannacional y actual. Lo mismo sucede con Macbeth y los otros personajes que encarnan al grupo en el poder. Oceransky prescindió de las tres brujas, para hacernos sentir a un Macbeth esencialmente malo y no a un personaje que se vuelve malo por el hechizo de unas brujas. Lo cual es bastante impactante. Recomiendo ampliamente esta puesta en escena y ojalá que los artistas altruistas de al lado se coordinen con los actores, para que cada evento ocurra en momentos diferentes. Así, el público xalapeño podría verse beneficiado: tras de oír a la OUMP o al grupo Tlen Huicani o ver un colorido ballet folklórico veracruzano, podría pasarse de Manos Veracruzanas a La Libertad a disfrutar de una buena puesta en escena teatral.

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