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lunes, 30 de junio de 2014

Metamorfosis de la cultura

No pude haber escogido mejor lugar para empezar a leer La civilización del espectáculo de Mario Vargas Llosa que un café inserto en el corazón de la Plaza Américas de Xalapa. Entre el Mix-up y Sanborns, muy cerca del complejo multicinema Cinépolis y rodeado de tiendas de ropa, artículos de belleza y un sinfín de mercancías. A decir verdad, inicié la lectura pocas horas antes en una sucursal de Banca BBVA-Bancomer, cuando estaba en una fila para acceder a las ventanillas, aprestándome a pagar una infinitesimal parte de las deudas ocasionadas por mis excesos con las tarjetas de crédito.
Hoy leí la introducción, la cual comentaré en seguida: Vargas Llosa inicia su ensayo planteando un hecho que a mí me produce cierto temor: "…la cultura, en el sentido que tradicionalmente se ha dado a este vocablo, está en nuestros días a punto de desaparecer. Y acaso ha desaparecido ya, discretamente vaciada de su contenido y éste reemplazado por otro, que desnaturaliza el que tuvo". ¿A qué se debe mi temor? A que yo soy un compositor que recibió la parte más profunda de su educación en el Taller de Composición del INBAL fundado por Carlos Chávez, en ese entonces dirigido por el Maestro Héctor Quintanar, entre 1972 y 1978. Tarde o temprano charlábamos con nuestros maestros: a la sazón el ya citado Quintanar, así como Mario Lavista y , posteriormente, Joaquín Gutiérrez Heras. No sé si en el debate que citaré estaban Mario Lavista o Gutiérrez Heras, pero sí lo estaba Héctor Quintanar, quien me cuestionó "¿Qué es cultura?". Seguramente no supe que decirle. En aquel entonces andaría yo por los 22 años de edad y estaba enojado por la leyenda que aparecía en un disco de cumbias:"Hecho en México. El disco es cultura". "Estoy de acuerdo en que el contenido de ese disco es corrientísimo" -me decía Quintanar, "Pero no mienten al decir que es 'cultura'". Seguramente abrí los ojos de manera desmesurada, pues, aunque yo simpatizaba con los movimientos de izquierda del 68, mi concepto de cultura era más afín al de T.S. Eliot, el cual Vargas Llosa resume en la introducción del libro en comento.
Tras balbucear yo algunos intentos y fallar en la definición de cultura, el Maestro Quintanar me interrumpió y resolvió el problema: "Hoy, por cultura, se entiende cualquier cosa". Hay que aclarar que debe entenderse "cualquier cosa creada por el ser humano; sin embargo, hay Alta Cultura y Cultura Popular". De modo que crecí con la idea de ser un creador de "Alta Cultura" y de tener una misión en la vida. ¿Vale la pena vivir en un mundo donde la Alta Cultura ya sólo existe en los museos sin haber logrado guardar la obra propia en uno? Me refiero, ¿vale la pena hacerlo si para producir obras de "Alta Cultura" uno dejó varios núcleos familiares, dejó de jugar fútbol, de corretear muchachas, de hacer riquezas, de emborracharse, de meterse a un convento o de convertirse en un profesionista útil para la sociedad en aras de un ideal que ahora se esfuma? Afortunadamente, mi abuelita materna me decía "M'ijo, deja que el mundo ruede, y si las cosas cambian irremediablemente, adáptate al cambio". No obstante, no es fácil pasar de ser creador de poemas sinfónicos de pretensiones alto-culturalistas de antaño a ser creador de reguetones. Estoy seguro que muchos violinistas concertistas de cualquier orquesta sinfónica del mundo preferirían suicidarse si se les dijera "prohibido tocar música clásica. A partir de ahora, tocarán puro reguetón". Está bien, retiro lo dicho, pues ahora el reguetón es cultura. Pero eso no quita que así reaccionarían muchos músicos de sinfónica. No faltaría quien entusiásticamente se pasara el bando del reguetón. Podría ser trabajo de tesis de algún antropólogo, sociólogo del arte o del marketing hacer el estudio para confirmar o negar esta hipótesis. Pero sospecho que tengo algo de razón.
Según Vargas Llosa, T.S. Eliot afirma que la cultura es patrimonio de una elite y defiende que sea así porque, asegura, "es condición esencial para la preservación de la calidad de la cultura de la minoría que continúe siendo una cultura minoritaria". Esta élite, no necesariamente tiene que ser una clase privilegiada o aristocrática. Dice Vargas Llosa que, en el sistema de Eliot, "La ingenua idea de que, a través de la educación, se puede transmitir la cultura a la totalidad de la sociedad, está destruyendo la 'alta cultura', pues la única manera de conseguir esa democratización universal de la cultura es empobreciéndola, volviéndola cada día más superficial". Según Eliot, "no hay que confundir cultura con conocimiento. 'Cultura no es sólo la suma de diversas actividades, sino un estilo de vida', una manera de ser en la que las formas importan tanto como el contenido… La religión, 'mientras dura, y en su propio campo, da un sentido aparente a la vida, proporciona el marco para la cultura y protege a la masa de la humanidad del aburrimiento y la desesperación". Cita ilustradora: ahora comprendo porqué las historias de Sansón y Dalila y Salomé han servido de base para espectaculares óperas o el episodio de El Arca de Noé ha llegado recientemente a las pantallas del cine norteamericano, versión Russell Crowe: son historias muy entretenidas. Según Vargas Llosa, "la idea de la sociedad y la cultura de Eliot recuerda a la estructura del cielo, el purgatorio y el infierno en la Commedia de Dante… en las que la divinidad castiga el mal y premia el bien de acuerdo a un orden intangible".
Al llegar a este punto, dada la fama de conservador que tiene Vargas Llosa, pensé que él estaría totalmente de acuerdo con Eliot. Nada más falso. A continuación muestra el planteamiento de dos autores con posturas muy diferentes: George Steiner y Guy Debord.
"Veinte años publicado el libro de Eliot, George Steiner le respondió en 1971 con In Bluebard's Castle. Some Notes Toward the Redefinition of Culture. En su apretado e intenso ensayo, se escandaliza de que el gran poeta de The Waste Land haya podido escribir un tratado sobre la cultura apenas terminada la Segunda Guerra Mundial sin relacionar para nada este tema con las vertiginosas carnicerías de las dos contiendas mundiales y, sobre todo, omitiendo una reflexión sobre el Holocausto, el exterminio de seis millones de judíos en que desembocó la larga tradición de antisemitismo de la cultura occidental". Para Steiner es "irresponsable toda teoría de la cultura… que no tenga como eje la consideración de los modos de terror que acarrearon la muerte por obra de la guerra, del hambre y de matanzas deliberadas de unos setenta millones de seres humanos muertos en Europa y Rusia desde el comienzo de la Primera Guerra Mundial y el fin de la Segunda". Un concepto de Steiner citado por Vargas Llosa que me atrae es el de "poscultura" o "contracultura", término con el que ya me había topado en la década de los setentas  al leer un artículo sobre Wilhelm Reich cuyo nombre no recuerdo. Lo interesante de los planteamientos de Steiner citados por Vargas Llosa es que "la posmodernidad ha destruido el mito de que las humanidades humanizan" y cita el caso del filósofo Heidegger, quien fue nazi "y su genio no se detuvo mientras el régimen nazi exterminaba millones de judíos en los campos de concentración". "La poscultura, llamada a veces, de manera significativa, la 'contracultura', reprocha a la cultura su elitismo y la tradicional vinculación de las artes, las letras y las ciencias al absolutismo político: '¿Qué cosa buena hizo el elevado humanismo por las masas oprimidas de la comunidad? ¿Qué utilidad tuvo la cultura cuando llegó la barbarie?". Stephan Zweig da cuenta del poco impacto que ésta tuvo en su libro El mundo de ayer. Incluso, prefirió suicidarse que vivir en un mundo en el cual, según su apreciación, imperaría la barbarie de Hitler.
Otro punto del pensamiento de Steiner que me llama la atención es el que sustenta cuando dice "Ya una parte importante de la poesía, del pensamiento religioso, del arte ha desaparecido de la inmediatez personal para entrar en la custodia de los especialistas". Pero más grave que la vida artificial del arte y la poesía congelados en un archivo, es "la retirada de la palabra". Vargas Llosa, al parafrasear el pensamiento de Steiner, dice: "Ahora, la palabra está cada vez más subordinada a la imagen. Y también a la música, el signo de identidad de las nuevas generaciones, cuyas músicas pop, folk o rock crean un espacio envolvente, un mundo en el que escribir, estudiar, comunicarse en privado 'se desarrollan en un campo de estridentes vibraciones' ¿Qué efectos podría tener en las intimidades de nuestro cerebro esta musicalización de nuestra cultura?".
Aquí ambos autores han tocado un punto que duele también a los músicos. Recuerdo una de las clases en la fallida (para mí) Maestría en Composición Musical de la U.V., donde el Doctor Ricardo Miranda nos decía que "ahora vivimos en un mundo de lo visual". Por eso los equipos reproductores de música venían llenos de lucecitas de colores. Por alguna razón, el hombre de la Edad Media era mucho más auditivo que el de principios del siglo XXI. Y lo podemos constatar en el maltrato que se da a algunas cantantes, sobre todo de ópera, donde tradicionalmente los buenos cantantes son gordos (Ángela Peralta, Pavarotti, Jessye Norman, Ramón Vargas, por citar algunos). Ahora se prefieren cantantes esbeltas; se exige su delgadez en el casting como si estuvieran reclutando bailarinas, pasando por alto que los mejores cantantes de ópera, a causa de su técnica, tienden a desarrollar el abdomen. Se prefiere a una cantante flaca, chaparra y desafinada a una cantante gordita, con voz y expresión notables. Lo visual por encima de lo musical. Y ambos por encima de la palabra. Un caso reciente es el de la cantante irlandesa Tara Erraught, insultada de manera frívola y superficial incluso por importantes críticos musicales, a causa de su gordura. http://www.publico.es/culturas/522231/la-prensa-britanica-arremete-contra-una-mezzosoprano-por-su-gordura
Continúa Vargas Llosa "Es posible que la cultura ya no sea posible en nuestra época, pero no será por esa razón, pues la sola idea de la cultura no significó nunca cantidad de conocimientos, sino calidad y sensibilidad".
El otro autor citado en La civilización del espectáculo es Guy Debord, y la disertación girará en torno a su obra La Société du Spectacle. A pesar del parecido de títulos, Vargas Llosa aclara que tiene aproximaciones diferentes a la cultura. Debord es un "autodidacta, vanguardista radical, heterodoxo, agitador y promotor de las provocaciones contraculturales de los sesenta, califica de 'espectáculo' a lo que Marx en sus Manuscritos económicos y filosóficos de 1844 llamó 'alienación' o enajenación social resultante del fetichismo de la mercancía, que, en el estadio industrial avanzado de la sociedad capitalista, alcanza tal protagonismo en la vida de los consumidores que llega a sustituir como interés o preocupación central todo otro asunto de orden cultural, intelectual o político. La adquisición obsesiva de productos manufacturados… produce el fenómeno de la 'reificación' o 'cosificación' del individuo, entregado al consumo sistemático de objetos, muchas veces inútiles o superfluos, que las modas y la publicidad le van imponiendo, vaciando su vida interior de inquietudes sociales, espirituales o simplemente humanas, aislándolo y destruyendo sus conciencia de los otros, de su clase y de sí mismo…".
A principio de la década de los setentas tuve contacto con los Manuscritos económicos y filosóficos de 1844 y otras obras del joven Marx que estudiábamos un grupo de amigos que nos auto denominábamos Los telerines, en referencia a una serie de dibujos animados famosa en aquella época. Algunos lograron destacar en el marxismo, como fue el caso de Jorge Veraza, Andrés Barreda y Edur Velasco. Otros lo hicieron en el campo de la hermenéutica, como Manuel Lavaniegos. Asistíamos a los seminarios de la universidad abierta que se ofrecían por aquel entonces en la UNAM. Además de Marx, leímos a Althousser, Karel Kosic, Sanchez Vázquez, Henri Lefevbre y muchos más. El ambiente aún estaba tenso por la masacre del 1968 y estuvimos a punto de ser gravemente maltratados en la manifestación del 10 de junio de 1971. El asunto de "el fetichismo" era uno de nuestros temas favoritos.
Con el tiempo me alejé de ellos, ingresé a la Facultad de Música como profesor y poco a poco me fui alejando del marxismo. Como que el mundo había cambiado en las décadas de los ochenta y los noventa. La vida me sonreía, tenía una plaza de tiempo completo en una universidad ¿Para qué estar arriesgando la vida en manifestaciones? Marx había muerto hacía cien años. Parecía que sus teorías también. Escribí El germen de la autodestrucción, mi primera novela, la que permanece inédita. Tal vez es aburrida por estar nutrida de mis experiencias personales setenteras. O quizá sea un thriller. El lector decidirá.  Incluso, me di el lujo de estudiar la licenciatura en Derecho. Pero algo se implantó en mi manera de ver el mundo. Como que el espíritu de Marx se me aparece una y otra vez y me dice "¿Lo ves? Tenía yo razón" (Crisis de 1976, 1982, 1988, 1998, 2008-20??) El hecho es que ahora me topo de nuevo con su pensamiento a través de Theodor W. Adorno, Walter Benajmin, Roger Garaudy, Regis Debray y ¡hasta Mario Vargas Llosa!. Marx me lo había advertido cuando escribió "El cerebro de los muertos hace papilla al de los vivos". El cerebro de Carlos Marx hace papilla al mío. Volviendo al texto de Vargas Llosa: "El libro de Debord contiene hallazgos e intuiciones que coinciden con algunos temas subrayados en mi ensayo, como la idea de reemplazar el vivir por el representar, hacer de la vida una espectadora de sí misma, implica un empobrecimiento de lo humano". Poco antes había dicho "El espectáculo es la dictadura efectiva de la ilusión en la sociedad moderna". Me viene a la mente el conflicto vital de los románticos del siglo XIX: "esencia y apariencia". Unos lo resolvieron tomando partido por la apariencia, como Liszt y Wagner, quienes se inclinaron por las obras de arte espectaculares y una apariencia romántica; en cambio, Chopin, Schumann y Mendelssohn prefirieron vivir profundamente el conflicto, sin resolverlo (y terminar sus vidas brevemente o con una mente delirante). ¿Estamos viviendo una situación similar? ¿Acaso no vivo inmerso en un mundo donde las películas y la música son una serie de mercancías, mientras vivo la otra parte de mi vida encerrado en una torre de marfil tratando de eludir a los cobradores de los bancos?
Vargas Llosa disiente de Debord cuando éste dice que "la crítica de la sociedad del espectáculo sólo será posible, práctica en el sentido de una acción revolucionaria decidida a acabar con dicha sociedad". Vargas Llosa es claro: "En este aspecto, sobre todo, sus tesis y las de este libro se hallan en las antípodas". Marx también diría que las sociedades no cambian por voluntad de unos actores humanos, sino por la madurez de las fuerzas productivas, independientemente de la voluntad de estos actores. ¿Para qué suicidarse enfrentando al Leviatán cuando las condiciones no están dadas? Y, si están dadas, es probable que las cosas caigan por su propio peso.
Finalmente, Vargas Llosa cita a Gilles Lipovetsky y Jean Serroy, cuya obra "Sostiene la idea de la entronización de nuestros días de una cultura global _la cultura-mundo_ que, sustentada en el eclipse progresivo de las fronteras por obra de los mercados… viene creando, por primera vez en la historia, unos denominadores culturales de los que participan sociedades e individuos de los cinco continentes, a los que van acercando e igualando pese a las distintas tradiciones, creencias y lenguas que les son propias. Esta cultura… ha dejado de ser elitista, erudita y excluyente y se ha convertido en una genuina 'cultura de masas'… Lo que inventan las industrias culturales no es más que una cultura transformada en artículos de consumo de masas. Esta Cultura, según los autores, nace con el predominio de la imagen y el sonido sobre la palabra, es decir, con la pantalla. La industria del cine, sobre todo desde Hollywood…"
¿En serio se democratiza? Se democratiza el consumo, mas no la producción. La cultura mainstream vende millones de ejemplares al día y establece su cultura avasallando comunidades enteras. Más ¿Un creador latinoamericano puede acceder con facilidad a los canales de distribución mainstream? No. Tiene que sortear barreras de entrada casi insalvables. A menos que sea un millonario que pueda pagar estudios en la UCLA de los Ángeles, en Harvard, Oxford o en la New York Film Academy. Lo cierto es que "la publicidad y las modas que lanzan e imponen los  productos culturales en nuestro tiempo son un serio obstáculo a la creación de individuos independientes, capaces de juzgar por sí mismos qué les gusta, qué admiran, qué encuentran desagradable o tramposo u horripilante en aquellos productos".
Hablando de este tipo de cultura, en 2010 apareció el libro Cultura Mainstream de Fréderic Martel. Uno de los fenómenos que advierte este autor, según Vargas Llosa, es que "La inmensa mayoría del género humano no practica, ni consume ni produce hoy otra forma de cultura que aquella que, antes, era considerada por los sectores cultos, de manera despectiva, mero pasatiempo popular, sin parentesco alguno con las actividades intelectuales, artísticas y literarias que constituían la cultura. Ésta ya murió, aunque sobreviva en pequeños nichos sociales, sin influencia alguna sobre el mainstream… Tosltoi, Thomas Mann, todavía Joyce y Faulkner escribían libros que pretendían derrotar a la muerte, sobrevivir a sus autores seguir atrayendo y fascinando lectores en los tiempos futuros. Las telenovelas brasileñas y las películas de Bollywood, como los conciertos de Shakira, no pretenden durar más que el tiempo de su presentación, y desaparecer para dejar el espacio a otros productos igualmente exitosos y efímeros. La cultura es diversión y lo que no es divertido no es cultura… Para esta nueva cultura son esenciales la producción industrial masiva y el éxito comercial. La distinción entre precio y valor se ha eclipsado y ambas cosas son ahora una sola, en la que el primero ha absorbido y anulado al segundo. Lo que tiene éxito y se vende es bueno y lo que fracasa y no conquista al público es malo. El único valor es el comercial. La desaparición de la vieja cultura implicó la desaparición del viejo concepto de valor. El único valor existente es el que fija el mercado". Así termina la introducción a La civilización del espectáculo. Más, el concepto de que el único valor existente es el que fija el mercado, no es tan nuevo: ya lo habían dicho Marx y Engels en el Manifiesto del Partido Comunista de 1848: en el capitalismo "tanto tienes, tanto vales". De modo que no debe extrañar que para el capitalismo moderno el artista romántico que produce una obra de "El arte por el arte" al margen de las tendencias del mercado y sin lograr penetrarlo, "no vale nada". Es decir ¿Ya pasó de moda escribir bien una novela o una sinfonía? ¿Ahora hay que escribir cosas banales que tengan una apariencia atractiva y una caducidad inducida acelerada para que se olviden rápido? ¿Hay que limitarse a divertir porque educar es aburrido? ¿O es mejor negarse a todo esto y morir en el intento?


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