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jueves, 7 de agosto de 2014

Las noches de Caviria

El ambiente a principio de los setenta, en el Distrito Federal, era, en los círculos donde me movía, bastante animado y fiestero. La introducción de nuevos métodos anticonceptivos en la década de los sesenta había propiciado un ambiente de mayor libertad sexual respecto a las décadas anteriores. Las muchachas usaban poderosas minifaldas. Los galanes adinerados, las conquistaban con briosos Mustang convertibles que eran de mi envidia. Yo estaba muy muy pobre. Ni siquiera soñaba en la posibilidad de tener al menos un Volskwagen Sedán. Tan sociables eran mis amigos los izquierdistas, como los conservatorianos. Con los primeros nos reuníamos a menudo en casa del padre de Jorge Veraza, una casona cercana al Polyforum del Hotel México, dotada con una gran mesa de billar. O en el parque de Coyoacán. En una ocasión, en casa de Guadalupe Pineda, quien aún no era famosa pero ya cantaba en una peña folklorista. Aun recuerdo cuando me preguntó qué debía hacer para cantar bien. Y yo, que siempre he tenido bastantes problemas de afinación con la voz, le recomendé que estudiara bel canto. No sé si me hizo caso, pero llegó lejos en su especialidad.
Del lado conservatoriano, Margarita de la Mora, Oscar Tarragó y muchos más, nos reuníamos en el café Carmel de la Zona Rosa, muy cerca del metro Insurgentes. En una ocasión, Mario Lavista me invitó a una fiesta, en un departamento, y me previno:
-Ésta es la puerta del infierno, si tú pasas, yo paso.
Me confesó que ese lugar le daba miedo, pero que lo hacía por mí. Porque yo tenía que tomar una decisión. El ambiente del depa se veía bastante animado: estaba lleno de gente joven, bailando, a media luz. Era notorio que corrían el alcohol y algunas drogas. No me atreví. Mario me felicitó. Aunque me dijo que era importante tomar decisiones y estar del lado del bien o del mal. Porque sólo los indecisos son mediocres. Desde ese punto de vista, es mejor ser malo que mediocre. Pero también se puede ser asceta sin ser mediocre. Lo importante es hacerlo con intensidad.
El grupo de Margarita de la Mora y Oscar Tarragó era conocido como el de Los Roquetianos, a causa de un psiquiatra de apellido Roquet, que les arrancaba los secretos más profundos drogándolos con peyote. Yo aún estaba dudando qué camino tomar por la vida: cuando estaba con Los Telerines (el grupo de Jorge Veraza y Manuel Lavaniegos), quería ser economista. Cuando estaba con los roquetianos, quería estudiar psicoanálisis: yo buscaba la manera de desenredar mis neurosis, pues estaba convencido que eran mis resistencias psicológicas las que ahuyentaban a las muchachas y no mi fealdad.  Tal vez no estaba tan equivocado, pues cuando avancé en mi autoanálisis, apoyado por dos libros de Karen Horney (El Autoanálisis y Nuestros conflictos interiores), fue cuando me enredé con Silvia.
En otra ocasión, asistimos a una fiesta de disfraces. Yo ya estaba casado con Silvia, la madre de mi hijo Isaac. Yo fui disfrazado de revolucionario francés, aprovechando un gorro de mi tía Josefina, muy similar al de los revoltosos franceses del siglo XVIII. Mario nos sorprendió a todos. Hizo desear su entrada. Cuando llegó, venía vestido con un saco esport y un portafolios rígido y cuadrado.
-Vengo vestido de oficinista -dijo-.Todo mundo le celebró ese disfraz, bastante sencillo y casi similar a su atuendo cotidiano.
El hecho es que, con mis amigos los izquierdistas, a veces se hacían excursiones a Michoacán, al rancho de una amiga, en Zinzimeo. Ahora es un hotel. Los raptos de las camaradas estaban a la orden del día. Yo compartía con Paco Herrera Lima un departamento en la colonia Roma, entre el parque España y el SEARS de avenida Insurgentes. Paco Herrera era mi compañero de la secundaria y preparatoria "Experimental", en Xalapa. Por no quedarme atrás, un día tuve a bien raptar a Silvia. Éramos novios. Quería ser moderno y practicar el amor libre. Al día siguiente del rapto, cuando regresé al departamento de la colonia Roma, Paco Herrera me explicó que había llegado una tía de Silvia, furiosa. Y que se la había llevado. Que si quería seguir con ella, le hablara por teléfono.
El hecho es que tuve que dar la cara no sólo frente a la tía, sino a los padres de ella. Me tenía que decidir: si la quería, me tenía que casar. De lo contrario, bye bye.
-Si no la quiere -Me dijo mi suegro- le suplico que no le haga perder el tiempo a mi hija.
Me cayó en gracia la manera de defender los derechos de su hija. De no ser porque iba muy en serio, juraría que era broma. El hecho es que decidí casarme con ella. Me casé en secreto, pues mis padres tenían otros planes para mí: querían que estudiara Canto Gregoriano en el Monasterio de Montpellier, en Francia. Ya tenían arreglada la beca. ¿Se imaginan? ¿Yo monje? ¿Y desafinado? Debo agradecerle a Silvia que me haya salvado de ese destino.
Ya casado, tuve que trabajar. Después del trabajo de cajero en la CONASUPO, mi padre me consiguió el de corrector de pruebas de imprenta, con el que iba a las editoriales por algunos libros, los leía y corregía en tres o cuatro noches (y me acostumbré a desvelarme); ganaba casi lo mismo que en la CONASUPO, pero me quedaba el resto de la semana libre para estudiar música. Y, cuando tenía las becas, realmente me sentía bien: me daba el lujo de comer hamburguesas en el Burguer King de La Diana Cazadora y entrar a Sanborn`s a comprarme un disco o un libro. La compra que recuerdo con más cariño, es un elepé de 33 rpm con la tercera sinfonía de Camille Saïnt Saënts. Esa obra me marcó. Su segundo movimiento me parece sagrado. El primero, lleno de acción, como un thriller. Así que mi situación mejoró durante la estancia en el grupo Quanta.
A mí nunca me tocó improvisar junto a Mario Lavista: él ya había dejado el grupo. Pero aún teníamos derecho a utilizar los instrumentos microtonales diseñados y fabricados por Julián Carrillo. Para nada utilizábamos su sistema de escritura: éramos improvisadores y de la escuela de John Cage. De modo que a los pianos afinados en micro-tonos del maestro Carrillo, los preparábamos, los hacíamos vibrar con baquetas de timbales y muchos otros recursos. Hasta que Lolita, la hija de Julián Carrillo, se enteró y nos retiró el derecho a usarlos. Los instrumentos acabaron en un museo. La verdad es que les sacábamos sonoridades ultramundanas, fascinantes. De ahí que el Ballet Teatro del Espacio se interesara por colaborar con nosotros. O la Compañía de Ballet Nacional de Guillermina Bravo. Recuerdo que nos llamaron para participar en una puesta en escena de Medea, la tragedia de Euripides. La música estaría compuesta por Leonardo Velázquez; la dirección de Escena, por López Miarnau. Medea era Ofelia Guilmán. Estaban también las hermanas Aragón, donde destacaba Lilia, por su fuerte presencia y su escultural cuerpo. Augusto Benedico, Sergio Corona y José Gálvez también formaban parte de la plana mayor del elenco. Y, desde luego, el Ballet Nacional de Guillermina Bravo. Algo pasó con las negociaciones que mis compañeros se negaron a participar. Yo ardía en deseos por hacerlo.
-Eres libre de hacerlo de manera individual -me dijo uno de ellos- pero si lo haces, te quedas fuera del grupo.
Creo que tomé la decisión correcta: al poco tiempo, la franquicia del grupo fue comprada por no sé quien; y, realmente, el grupo y su concepto, desaparecieron. Desafortunadamente. Medea llegó a las cien representaciones, en el ahora desperdiciado Teatro Reforma. Las funciones empezaban los martes y eran flojas. El miércoles eran un poco menos flojas y los jueves más o menos bien. Pero viernes, sábado y domingo, era fabuloso: el teatro se llenaba semana tras semana. Y los sábados y domingos había doble función.
Durante los ensayos, López Miarnau me pidió que me presentara a ensayar con el ballet de Guillermina Bravo.
-Francisco- me pidió Doña Guillermina- Dame cuatro cuatros empezando en anacrusa.
-Sí maestra-, respondí, y empecé a tocar cuatro ún dos tres; cuatro ún dos tres; cuatro, ún etc.
-No Francisco, te pedí iniciar con anacrusa.
-Pues eso hice. Vieja ignorante, me viene a ningunear y la que está mal es ella. Pero no me voy a dejar.
El caso es que se armó un lío y yo, como buen descendiente de aragoneses por la línea paterna, no cedí ni un ápice de terreno. Tuvieron que llamar a Leonardo Velázquez para que nos pusiéramos de acuerdo.
-¿Puedo ver el ensayo? -preguntó Leonardo Velázquez.
-Adelante -dijo López Miarnau.
-A ver Francisco, dame ocho cuatros empezando con anacrusa.
-Sí, maestra.
Y toqué una frase de ocho compases en cuatro cuartos, empezando por el primer tiempo con un acento bastante notorio.
-No Francisco, te pedí Anacrusa.
-Pues eso es lo que le di.
-A ver, Francisco- me dijo Leonardo Velázquez-. Tienes razón. Pero hazlo al revés. Cuando te pida anacrusa, dále tesis y viceversa.
Así lo hice y se le alegró el rostro a doña Guillermina.
-Las fusas son las fusas, ¿verdad Francisco?-me dijo, contenta.
En el Ballet de Guillermina había una mujer menudita, morena y con un carácter algo extrovertido. Se llamaba Caviria. Lástima que yo ya estaba casado. Pero era una especie de musa que me inspiraba a pegarle mejor a los tambores. Yo no había visto Las noches de Caviria, y el nombre me encantaba. Qué digo: me encantaba toda ella.
En la prepa fuí bastante normal: raramente leía uno o dos libros al año. Pero, en el Distrito Federal, quizá a causa de mi pertenencia al grupo de Los Telerines, me volví un nerd casi ñoño. Entre otros libros, leí Hacia un teatro pobre de Jerzy Grotovsky. Y sabía que los buenos actores, cuando uno se equivoca, le ayudan. Para empezar, si el actor mete la pata, debe asimilar el error y convertirlo en parte de la actuación. Los otros le deben seguir la jugada.
-A eso le decimos "tirar morcillas"-me dijo José Gálvez.
Pues bien, un día sucedió que el sonido para el ballet no entró a tiempo y se tomó más de lo debido para entrar. Era obvio que había un problema. El público se impacientaba con la espera. Los bailarines también. En eso vi que Caviria hizo su entrada y me acordé de Grotovsky. Empecé a improvisar. Ún dos tres cuatro, ún dos tres cuatro, túm ta-ta túm cuaz páz racatacataca tán. Caviria entendió y dijo en secreto al coro.
-Síganme.
-No oigo el sonido.
-dije que me sigan.
El caso es que después de la función, todo el elenco me cargó en hombros. Menos el del sonido, que me taladraba con una mirada siniestra. En otra ocasión, ocurrió algo parecido. De nuevo empecé a tocar cuando salió Caviria. En eso, entró el sonido. Era la revancha del charro negro. Sin embargo, me callé a tiempo. Ahora me había convertido en el villano de la telenovela. Estaba muy acongojado.
-Francisco -Te hablan en la oficina.
En la torre. Me van a correr. Por andar haciéndole al héroe. Crucé todo el teatro. Salí al Lobby, me encaminé a la oficina. Toqué la puerta.
-Adelante -me dijo Torres, el asistente de producción-. Te hablan por teléfono.
¿Eso es todo? ¿No me lo van a decir en persona? Estaba muy equivocado. No tenía ni la más puta idea de lo que ocurriría en ese instante. Un instante supremo que le daría un giro de tuerca a mi vida. Tomé el teléfono. Todavía eran aquellos aparatotes negros y pesados.
-¿Bueno? -Rompí por fin el silencio.
-Francisco. Soy Alfonso Moreno. Voy a estrenar tu obra. Ven a verme mañana en el ensayo de la OFUNAM.
¡Qué maravilla y qué dicha! Tan sólo el hecho de oír ensayar a Alfonso dirigido por Eduardo Mata era suficiente para agradecerle a Dios por la vida. Me parece que estaban ensayando El Concierto del Sur de Manuel M. Ponce. Los dedos de Alfonso recorrían el diapasón de la guitarra como un gimnasta olímpico la barra en la final por la medalla de oro. Terminado el ensayo, tras guardar la guitarra y despedirse de Eduardo Mata, se dirigió a mí, con una sencillez insospechada para tan grande artista.
-Hola -, me dijo.
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