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martes, 17 de noviembre de 2015

CUALQUIER DÍA ES BUENO PARA MATAR


“CUALQUIER DÍA ES BUENO PARA MATAR”
(HOMO DE MENS SAPIENS)

Cuento de: Francisco González Christen

Los extraterrestres observaban el comportamiento de dos simios. Se podía decir que eran hermanos, pues eran de especies muy afines: chimpancés y humanos. Se trataba de un experimento genético: aquella especie intergaláctica estaba en vías de extinción y necesitaba insertarle el gen de la sabiduría y de la justicia a uno de aquellos monos. Los chimpancés parecían ser los más indicados, dada su simpatía y aparente sociabilidad. Pero no lo eran: los machos de un grupo se comían a las crías del otro, tras violar a sus hembras para cargarlos con hijos propios. Además, la especie humana se veía tan pacífica que parecía tonta y conformista. No parecía apta para la sobrevivencia. Sobretodo, no tenía el sentido de la justicia, era totalmente refractaria a esta idea.

El experimento final consistió en hacerse pasar por dioses y exigir a ambos simios una ofrenda. El chimpancé les ofreció una de carne asada de crías de chimpancé del grupo rival, en tanto que el humano les ofreció una ofrenda vegetariana. En el fondo, los extraterrestres estaban horrorizados con la ofrenda del chimpancé y sentían ternura por el humano. Bueno, más que ternura, era algo más, algo más que piedad: era una verdadera lástima. Así que pasaron a la última etapa del experimento, con ganas de que el humano pasara la prueba: si éste tenía el sentido de la injusticia en carne viva, era probable que ya con la sabiduría y el paso del tiempo pudiese desarrollar el sentido de la justicia.

Así que elogiaron con grandes muestras de entusiasmo a la ofrenda del chimpancé y tiraron a la basura la del humano, fingiendo un gran desprecio; y todo esto, en presencia de ambos. El chimpancé lanzaba piruetas de júbilo y se reía del humano. Parecía que el sentido de la especie humana estaba sellado, pero no. El humano tomó una quijada de burro, no para festejar con cantos y danzas el triunfo del chimpancé, como les hizo creer, sino para machacarle el cráneo a aquel primate guasón de una buena vez por todas.

Los extraterrestres se mostraron complacidos y le trasmitieron al humano el gen de la sabiduría y el del sentido de la injusticia. Después de todo, ya no tenían opción, porque el chimpancé había muerto y el tiempo se les acababa. Este hecho fue una de las causas por las cuales los descendientes de este primer homo sapiens se dedicaron a la música y al teatro, con gran celo de sus competidores.

Estas bestias peludas, decía un mesero español por boca de mi padre, salieron de las cavernas hacia lugares más amables, cultivaron la tierra, pastorearon a otras especies, fabricaron productos, tinas, jabones, perfumes y ropas; por ejemplo, salieron de Altamira, España, y se fueron hacia el sur. Usaron estos productos hasta que llegaron a estar perfumados, lampiños o rasurados y vestidos con elegancia. Eran los fenicios. Hasta que llegaron los griegos, unos tipos peludos y salvajes, que los corrieron a macanazos. Pero los griegos vieron la vida de lujo  y dispendio que llevaban aquellos. Así que ellos también empezaron a bañarse, a rasurarse, a perfumarse y a vestirse con minifaldas, como da cuenta de ello Platón en su famoso diálogo de La República. 

Esta situación idílica y paradisiaca duró hasta que llegaron otros tipos peludos, brutos y macanudos –no el sentido argentino- que venían armados con grandes cachiporras. Eran los romanos, quienes, ya una vez en el poder, empezaron a ungirse el cuerpo con cremas y aceites aromáticos y a bañarse colectivamente en unos lugares que ellos llamaban termas. Hasta que un buen día, provenientes de las grutas de Oriente, llegaron otras bestias peludas, cuyos cascos traían cornamentas de animales, que decían llamarse los godos.

Inevitablemente llegó el día en que los godos también empezaron a bañarse, a adornarse la frente con coronas de flores, a leer, a escribir y a hacer música. Hasta que aparecieron unos sujetos provenientes del norte de África, que en su vida se habían bañado. Los godos fueron expulsados de las mejores ciudades de España y confinados en las grutas de Altamira, en tanto que los árabes empezaron a construir alcazabas y alhambras, decoradas con bellísimos jardines colgantes y una hermosa fuente al centro del palacio, donde se bañaban. Les dio por escribir cuentos y poemas. Algunos se dedicaron a las ciencias, algunas de las cuales aún conservan el nombre árabe: alquimia, álgebra, algoritmos. Toda palabra española que empiece con la sílaba “al” es árabe, incluidas las almorranas.

El problema fue que los godos, recluidos en las grutas de Altamira, regresaron a su estado anterior: dejaron de bañarse, les creció el pelo, sus músculos se fortalecieron y se armaron con enormes garrotes. Fue así que Boabdil, el último sultán de Granada, al ver las huestes de estos bárbaros norteños, en vez de ordenar a sus tropas presentar batalla, se limitó a decir:
            –Vámonos de aquí, ¡que estos tipos nos desnudan!
Tal es el resumen de la historia de España, narrada por un camarero ibérico y transmitida al que estas líneas escribe por mi señor padre. Yo mismo la he continuado: los aztecas, seres peludos poco proclives a bañarse cuando eran emigrantes, pues en los desiertos del norte de México no hay agua, al llegar al altiplano y solicitar un cacho de tierra para vivir, los lugareños, temerosos de estas bestias peludas, los engañaron con una señal de un águila devorando una serpiente, con una idea en mente: que los aztecas muriesen envenenados por las serpientes que vivían en ese islote. Pero se equivocaron, porque los aztecas, hambrientos, devoraron a todas las serpientes del lugar, hasta extinguirlas. Incluso, algunos hasta creyeron que la carne de víbora de cascabel tenía positivos efectos afrodisiacos.

Como el territorio del islote era muy pequeño, los aztecas empezaron a ganarle espacio al agua haciendo edificaciones sobre el lago. Las cuales eran muy prácticas, porque nunca les faltaba agua para bañarse. Estos islotes flotantes fueron muy eficientes, hasta que llegaron las tropas de Hernán Cortés. Sobra decir que los españoles de esta armada eran peludos y no se bañaban. De modo que los mexicas fueron confinados a las grutas de Cacahuamilpa y otras cercanas a un lugar llamado Ayotzinapa.

Los españoles, ya fundada La Nueva España, edificaron fastuosas mansiones con sesenta recámaras, todas ellas provistas de hermosos baños con tinas decoradas con mosaicos de Talavera. Las más modernas, incluso tenían ya regaderas. A los perfumes de origen europeo, añadieron otros de procedencia lugareña. Hasta que los mexicas regresaron, animados por el ejemplo de los franceses, otro pueblo de mugrosos, quienes recientemente habían tomado La Bastilla y, posteriormente, derrocado al monarca español.

Como se sospecharan, La Historia no es tan sencilla como pretendía el camarero español y seguramente éste incurrió en varias imprecisiones en su relato. Por ejemplo, sucede que los descendientes del monito que se descontó a su rival con una quijada de burro, no sólo se dedicaron a la música y al teatro, pues al ver el éxito que había tenido la ofrenda del chimpancé ancestral, ellos mismos se dedicaron a sacrificar bebés a los extraterrestres. Uno de ellos dijo llamarse Baal. Claro que no sacrificaban a sus propios hijos, sino a los de la tribu vecina. Los aztecas eran unos expertos en sacrificar humanos provenientes de otras tribus.

Pero, en La Mesopotamia los hacían pasar por propios, cosa que irritaba mucho a los extraterrestres, hasta que uno puso a prueba a un individuo, al que le exigió sacrificar a su propio hijo en ese momento. Al ver que este tipo era lo suficientemente bruto y salvaje como para cometer tamaño homicidio, lo detuvo a tiempo, antes de que cometiese el desaguisado y le ofreció una alianza. De este individuo surgieron primero unos clanes, luego varias tribus, hasta que se fundó una nación. Tanto los que adoraban a Baal como esta nueva nación, eran pueblos que habitaban entre montañas y desiertos, donde la cabra era un animalito muy apreciado, porque les proporcionaba leche y con ésta podían hacer quesos y jocoque. También podían obtener carne para comer; pero para esto, era mejor que las sacrificadas fuesen las cabras de la tribu vecina.

Estas prácticas llegaron a ser tan difundidas, que pronto se convirtió en una obligación religiosa no sólo matar a las cabras del vecino, sino al vecino mismo. Todos los rituales anteriores no se hubiesen complicado si los varones de una tribu no se hubiesen mezclado con las mujeres de la otra y viceversa. Como en aquella época no existían las píldoras anticonceptivas, no faltaron parejas ilícitas que engendraron bastardos. Porque los libros religiosos prohibían claramente tener una pareja proveniente de una tribu rival.

A estos bastardos se les expulsaba de ambas tribus, pero llegaron a haber tantos bastardos que éstos se convirtieron en una nueva tribu, la cual no fue aceptada por ninguna de las tribus primigenias. Incluso, cuando la nueva tribu prosperaba, las otras dos olvidaban por un momento sus diferencias, para combatirla y arruinarla.

Así las cosas, los filisteos mataron a muchos judíos, hasta que llegó el rey Saúl, quien mataba mil filisteos diarios, pero se moría de envidia cuando se enteraba que David mataba a diez mil.

Pese a ser un pueblo elegido (algunos judíos se cuestionan para qué los eligieron) los asirios, los caldeos y los persas los sometieron. Y a todos estos, los griegos. Pero a los griegos tampoco les duró el gusto porque llegaron los romanos. Por si ya lo olvidó, repase Usted este relato y busque la historia según el camarero español. Tras los romanos, vinieron los árabes y tras los árabes los europeos: franceses, ingleses y rusos. Finalmente, llegaron los americanos.

Los americanos se identifican mucho con los romanos, quienes merecen una mención especial en este relato. Pero antes de hablar de los romanos, les tengo que decir que los extraterrestres les dijeron a varios pueblos que su máximo líder era medio extraterrestre; es decir, un dios vivo. Los egipcios creían que su faraón era un dios viviente. Los Japoneses aún creen que su emperador lo es. Los chinos pensaban que la Ciudad Prohibida era la casa del Emperador Celestial. Los más raros eran los antiguos mexicanos, que sacrificaban a sus mejores deportistas para convertirlos en extraterrestres.

Pues bien, los romanos no fueron la excepción y pensaron que El César era un dios viviente. Y así fue hasta que sus guardias pretorianos se dieron cuenta de que él solamente era un miserable gusano parasitario que sobrevivía gracias a ellos, los verdaderos dioses. Así que lo asesinaron y se pusieron en su lugar. Se mataron entre ellos y el último guardia pretoriano ahora era César y nuevo dios viviente, hasta que sus subordinados se dieron cuenta de qué él también se parecía más a un insecto rastrero que a un verdadero dios. Y lo sacrificaron, para ponerse en su lugar. Llegó un momento en que nadie quería ser emperador de Roma.

Para complicar más el cuadro, de cuando en cuando aparecieron personajes iluminados, que provocaron la ira del orden establecido con sus ideas exóticas: Confucio, Buda, Sócrates, Cristo y Mahoma, entre otros. En lo posible, se les sacrificaba lo más rápido posible. Pero lo más importante era tergiversar sus ideas y doctrinas, antes de que éstas pudiesen disolver al sistema político social dominante. Esto se sigue haciendo hasta la fecha. Normalmente, este tipo de iluminados es gente joven, cuyo sacrificio, por esta razón, tiene más valor. No importa si el motivo para este sacrificio es religioso, político o mixto. Lo importante es sacrificar a la gente inocente de la otra tribu, a los que no piensan como nosotros, a los que no quieren regalarnos su cabra o su petróleo y se los tenemos que quitar a la fuerza.

Al ver el gran desarrollo tecnológico de los humanos para destrozarse entre sí, pero sin tener el menor sentido de la justicia, el líder de los extraterrestres, en vez de organizar una guerra de exterminio contra los humanos, se limitó a decir:
            –Vámonos de aquí, ¡que estos tipos nos desnudan!
Los extraterrestres se fueron a otro planeta, lamentando no haber hecho caso en su momento al que dijo “estos ahora son como nosotros y hay que exterminarlos”.
Es por esta emigración que en la actualidad ya no ocurren milagros; y muchos humanos de una secta reciente, al observar esta ausencia, exclaman:
            –¡Dios ha muerto!
Pero las demás sectas saben que esto no es cierto y siguen matándose entre sí; y algunas veces, en nombre de Dios; otras, nada más para robarles su cabra o su petróleo.



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