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lunes, 9 de noviembre de 2015

Policía y buen gobierno

Hoy asistí a un ejercicio muy interesante. Porque una policía sana siempre tiene que hacer ejercicio. El ejercicio de hoy consistió en una reunión informativa que el Licenciado Arturo Bermúdez Zurita, Secretario de Seguridad Pública del Estado de Veracruz sostuvo con varios sectores de la ciudadanía; entre ellos, varios delegados de sindicatos de trabajadores, en especial de la CTM, comandada por Anibal Pacheco López, Secretario de la Federación de Trabajadores, zona centro del Estado de Veracruz, y un grupo de artistas, entre los que me encontraba yo.
El Licenciado Bermúdez tocó un tema que es esencial para la sana cohesión de cualquier grupo social: tener una policía eficiente y honrada. Porque de nada sirve tener una policía honesta pero armada nada más con garrotes y demasiado educada, como es el caso del inspector Clouseau, de la famosa película La Pantera Rosa. ¿Quién de los boomers y otras generaciones más recientes no se ha reído con las actuaciones de este personaje, quien de manera educada se identificaba como el "inspector en jefe", siendo chaparrito y sin tener armas a la mano y pedía permiso a los delincuentes para arrestarlos? Porque los delicuentes, grandotes y formidos, hacían caso omiso de sus advertencias y se limitaban a contestarle "Ah, ¡ya cállate, sucio polizonte!" y continuaban haciendo sus fechorías.
Por otra parte, el cine mexicano ha popularizado películas como Todo el poder, La Ley de Herodes y La Dictadura Perfecta que ponen los cabellos de punta ante una institución poderosa pero corrupta. En palabras del propio Bermúdez, el uniforme color azul se había convertido en sinónimo de corrupción. No sólo el cine mexicano ha creado películas donde el poder encargado de combatir al crimen estaba infiltrado por éste: el sábado pasado asistí a la proyección de Spectrum, con Daniel Craig personificando al mítico super agente 007 y anoche me quedé viendo una película de Misión Imposible, donde ocurre lo mismo: el buen policía quiere realizar su trabajo con honradez y arriesga la vida en ello, pero en los altos mandos se han infiltrado personajes que, además de ser archi mega poderosos, se valen del poder para delinquir a escala internacional. Es casi un cliché de esas películas que el departamento donde trabajan ha sido desaparecido o  está en la picota.
Yo mismo he tocado el tema, pues soy escritor aficionado y he escrito algunas novelas negras: me obsesiona el tema del encargado de impartir la justicia que es la amenaza pública número uno. Precisamente por ser vital la labor de una buena Policía, es espeluznante que ésta sea la primera en transgredir el orden. No digo que sea el caso de Veracruz hoy. Hace unos años estaba verdaderamente asustado ante la presencia de estos policías super armados y vestidos con cascos y colores tan oscuros que me recordaban a Darth Vader, de La Guerra de las Galaxias. Pero también es seguro que alguna vez externé la difícil situación de quien tenía que salvaguardar el orden y la seguridad ciudadanas armado únicamente con una tonfa; es decir, con un simple garrotito, mientras que el crimen organizado lo estaba con rifles AK-47, R15, pistolas Magnum, granadas, radiolocalizadores, etc., etc.. Mi susto provenía de mi experiencia con las policías del Distrito Federal y del Estado de México de los tiempos de Luis Echevarría y de José López Portillo. En esa época, te podías considerar afortunado si el que te asaltaba era un delincuente del orden común, pues si te veía muy empobrecido, te invitaba a formar parte de su banda y te trataba con respeto. No así las fuerzas del orden, quienes hacían su extorsión en nombre de la ley y con ofrecimiento de tortura si te negabas a cooperar.
Volviendo a la reunión de hoy, un amigo me hizo llegar la invitación. Acepté. Llegué al cuartel de San José, justo cuando iban a comenzar los honores a la bandera. Ya tenía mucho tiempo que no participaba en una ceremonia así. Recuerdo que en el SCOP del D.F., donde hice mi servicio militar, mi condición de músico me permitió dirigir el Himno Nacional ante varios batallones de conscriptos. Y yo todavía no tenía claro en que compás se marcaba. Decidí marcarlo a cuatro y salí airoso de la prueba. También aprendí que ante una agrupación coral de esa naturaleza, sin ninguna orquesta o instrumento musical que sirva de apoyo, la afinación de aquel ensamble es sumamente aleatoria y contemporánea. Manuel Enríquez y Julián Carrillo soltarían las lágrimas de la emoción al escuchar los novedosos acordes que ahí se formaban. Hoy se repitió la misma situación: la Banda de Guerra de los policías ahí presentes y todos los invitados entonamos nuestro Himno Nacional, a capella. Siendo músico, me tenía que distinguir por mi buena entonación; pero, ¿de dónde agarrarme? Entre los de la banda de guerra había varios que cantaban entonados. Algunos eran tenores, otros mujeres. De modo que el registro me quedaba agudo. El caso es que la ceremonia me trajo gratos recuerdos, desde cuando estudiaba en la escuela primara Carlos A. Carrillo, hasta cuando fui profesor de secundaria, en San Juanico.
Otro motivo para recordar es que en ese cuartel hice mi Servicio Social como estudiante de Leyes. Y ahí compuse el Requiem para Sonia Patricia (1996), mujer horriblemente descuartizada cuyo crimen era la noticia del momento. Y que las sinfónicas locales no se atreven a estrenar. Y yo estaba ahí, en la Agencia de Averiguaciones Previas. Los secretarios de mesa todavía tomaban las declaraciones con máquinas de escribir mecánicas, cuyo golpeteo ha inspirado también a otros compositores. El cuartel tenía una serie de murmullos, según la hora: silencio, el canto de una avecilla, al despuntar el alba. Los lunes, la ceremonia de honores a la bandera. Poco a poco van llegando los secretarios, los agentes, las víctimas del delito, los acusados. Empiezan las declaraciones, los interrogatorios, el tecleo de las máquinas de escribir en aquel entonces, de las computadoras hoy en día. No faltó algún gracioso que puso la mano de la descuartizada en la bata de la secretaria de mesa de la Agencia del Ministerio Público Civil. Imagínense el grito de la pobre mujer, encargada de recopilar datos para los cambios de nombre, al sentir la fría y cadavérica mano en la bolsa de su bata. Y las risas del agente conciliador, quien le tomó el pelo con una mano de plástico.
Recuerdo haber sacado de las mazmorras de ahí a dos borrachos y a dos rijosos. Jóvenes cabeza de chorlito que al amparo del alcohol se habían excedido y estaban ahí, revueltos con tipos verdaderamente patibularios, en celdas que apestaban a excrementos y orines. También recuerdo como, habiendo sido víctima de algún delito y antes de saber leyes, yo me presentaba, en ese sitio de estrés, de paredes amarillas y sucias. Y de la penosa necesidad de tener que "dar una mochada", porque en México, "el que no tranza, no avanza".
El Licenciado Bermúdez hizo hincapié en que eso es cosa del pasado. Que ahora los policías no son delincuentes impreparados y panzones, sino profesionales egresados no ya de una academia, sino de una universidad, con grado de Licenciado y armados de valores. Muy importante es que entre sus armas esté tanto una AK47 como una Ética profundamente cimentada.
El Secretario de Seguridad Pública entregó reconocimientos públicos a cinco servidores. En tono jovial, les preguntaba
      -¿Cuántos años llevas laborando aquí?
      -Ocho -le respondieron unos-.
      -Doce- llegó a responder otro-.
      -¿Te habían hecho un reconocimiento antes?
      -Nunca.
La verdad es que un policía arriesga su vida por mantener a salvo la de la ciudadanía. Y que encima de que le paguen poco ni las gracias le den, pues como que no es una buena estrategia para garantizar su lealtad. ¿O Usted qué opina, amable lector?
Y hablando de sueldos y lealtades, tras mostrarnos el moderno gimnasio donde no sólo los policías, sino la ciudadanía entera pueden ir hacer ejercicio ahí, y de una pequeña pero hermosa sala de proyecciones, pasamos al desayuno y de ahí a una charla. Ahí nos presentamos los líderes de las organizaciones sindicales, algún presidente municipal y los artistas. Algunos solamente se presentaron, otros aprovecharon para plantear una problemática. Salieron a relucir problemas de inseguridad aquí y allá, entre transportistas, albañiles o los habitantes de tal o cual comunidad. Y luego se citó algún estudio de criminología, donde se veía que entre los albañiles se infiltraban muchos delincuentes. ¿La razón? En épocas de crisis no hay trabajo. Hay que comer, hay que conseguir medicinas para un familiar enfermo, los patrones se niegan a aportar para la seguridad social de manera sistemática, hasta que alguien se desespera y delinque. No lo justifico, pero lo entiendo. Y lo percibió el criminólogo Quiróz Cuarón y los científicos que le proporcionaron el dato: en tiempos de crisis económica y desempleo, la tasa de delitos contra el patrimonio y contra la libertad física (secuestros, extorsiones) aumenta. Tiene lógica ¿O no?
Me parece que este ejercicio fue muy oportuno, pues es necesario que la ciudadanía vea que tiene una policía bien armada, firme, pero cortés, humana y confiable

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