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miércoles, 9 de diciembre de 2015

Los siete pecados capitales

Un tema que siempre me ha fascinado es el de los siete pecados capitales. A pesar de ya haber al menos una película basada en ellos, a mí me gustaría escribir una novela, el guión de una película o de plano una ópera, escribiendo desde el libreto  hasta la partitura tomando como eje a protagonistas y antagonistas que los padezcan. Precisamente, hace un rato, mientras iba manejando, de regreso a casa, pensé "Dios me libre de la envidia y de la codicia, tanto de la externa como de la interna".
La envidia externa es la de los demás; la interna, la mía. Porque, en cuanto percibes una carencia y empiezas a desear lo de los demás o culpas a los demás de tus carencias y les empiezas a desear un mal para obtener lo que no tienes, ya estás mal. A veces estoy tan enojado por la situación actual o por el daño que real o supuestamente me han hecho otras personas, que me sorprendo a mi mismo en un estado de enojo haciendo planes para fregar a x o y sujetos en vez de estar haciendo proyectos con espíritu sano, en beneficio de todos, lo cual me incluye a mí.
Estoy viendo en Clarovideo una serie documental sobre los siete pecados capitales, la que se aborda desde varias disciplinas y enfoques, pues van desde una perspectiva histórica hasta una científica relacionada con la neuropsicología y otros puntos de vista; también se hace un estudio teológico comparativo entre el catoliscismo y otros ritos y religiones: se abordan estas conductas también desde la perspectiva del judaísmo, del Islam, del budismo, del politeísmo greco-romano e incluso hasta del comunismo y del capitalismo modernos.
Mi padre decía "si un fenómeno está registrado en La Biblia, desde entonces se sabe que ese fenómeno es una ley de la naturaleza tan inequívoca como las Leyes de Newton". Por ejemplo, la homosexualidad, la lucha por el poder o la sentencia bíblica que dice "el que a hierro mata, a hierro muere".
Los siete pecados capitales no están tipificados en La Biblia, pero las conductas sí: Caín mató a su hermano por envidia. Saúl trató de asesinar a David por lo mismo. La torre de Babel fue derruida como castigo a la soberbia del Rey que mandó construirla. Tampoco están tipificados en La Iliada y La Odisea, ni en El Corán o el Talmud. Pero en estos libros se pueden encontrar varios casos que son realmente las conductas tipificadas por estos pecados mortales.
El caso es que reflexionar sobre estos temas, me sirve de terapia y me ayuda a establecer límites entre lo sano y lo enfermizo: todos necesitamos alimentarnos, pero una ingesta desaforada de alimentos puede llevarnos a la muerte; todos necesitamos dinero, pero tratar de acumularlo en cantidades desmedidas nos puede convertir en seres nocivos para el entorno o colocarnos en situación de riesgo ante los envidiosos. La envidia genera odio y el odio también destruye al que odia. De eso trata la ópera Elektra de Richard Strauss, obra que Hitler no entendió, pues se dejó llevar por el odio, odio que inyectó a su pueblo, un grandioso pueblo de artistas y filósofos, de gente honesta y trabajadora, pero que fue arrastrada a un torbellino que primero la llenó de vergüenza y oprobio, y finalmente, de devastación.
La ira ¿No es lo que padecen los extremistas? En nombre de una causa aparentemente muy justa, los extremistas de cualquier signo o credo primeramente dañan a gente inocente y luego, como efecto boomerang, la desgracia que provocaron en otros se regresa contra su propio pueblo. Católicos y protestantes se hicieron mucho daño en el siglo XVI, a causa de la intolerancia religiosa y sus respectivos fundamentalismos. Los extremistas islámicos deberían estudiar este proceso y leer a Bodino, un teórico del siglo XVII, de la época en que protestantes y católicos aprendieron a vivir en paz.
Por lo pronto, hoy amaneció mi ciudad con un cielo despejado, azul y con poco tráfico en las calles. La vegetación está rozagante porque hubo una semana de lluvias ligeras. Mi espíritu, gracias a las reflexiones que hice en torno a los siete pecados capitales -y sus respectivas contrapartes, las siete virtudes capitales o como se llamen-, mi espíritu está en paz. Hace unos días estaba mentalmente paralizado maquinando intrigas contra dos sujetos que me caen muy mal. Independientemente de que tengo razones para sentirme disgustado con ellos, es muy probable que mi mente amplificase el malestar, desviando mis pensamientos hacia la venganza, en vez de aplicar mi energía a proyectos positivos.
Ya vi cuatro capítulos de esta serie documental. Cada vez que veo uno, siento que mi espíritu se limpia y se fortalece. Y, curiosamente, ayer tomé mi guitarra, la que tenía años en el rincón, y me puse a estudiarla. No es que pretenda ser el mejor guitarrista del mundo. Pero sé que con una mente positiva, puedo llegar en un proyecto más lejos de lo que uno se imagina al principio del camino. Y no tengo que ser el mejor guitarrista del mundo para amenizar una reunión de amigos o de familiares. O simplemente, puedo tocarla para mi mismo, por placer. Porque es un placer tocar la guitarra. Y tratar de hacer bien las cosas no es arrogancia cuando esta conducta se hace dentro de los límites de la sensatez.

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