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sábado, 16 de mayo de 2020

CRÓNICAS PANDÉMICAS. CAPÍTULO 11.

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CRÓNICAS PANDÉMICAS.
CAPÍTULO 11.

   Me quedé dormido mientras leía los cuentos de Edgar Allan Poe. Me di cuenta porque el libro estaba abierto, en el suelo, a un lado de mi cama. Tuve otro sueño raro: Yo, Jaime Schütz, en realidad era el alter ego de Van Helsing y me habían contratado en un pueblo de Baviera que estaba asolado por una plaga de vampiros. Me entrevistaban en el noticiero matutino. Me felicitaban por mi labor: no había quedado un solo vampiro y los que me vieron acompañado por un ejército de chinos y tailandeses, salieron huyendo despavoridos.

   –¿Porqué los orientales venían armados con tenedores y cuchillos?
   –Es un secreto profesional.

   Luego razonaba sobre la existencia. Estoy de acuerdo con Jean Paul Sartre que el hombre está solo, pero no porque Dios no exista, sino porque si Dios está contigo, nadie contra ti. Estoy de acuerdo con las religiones que dicen que Dios es todo poderoso, pero también estoy de acuerdo con los marxistas que Dios no puede ser todo poderoso y bueno al mismo tiempo, pues si fuera bueno y todo poderoso no permitiría que el mal campeara en este mundo. O es bueno y débil o es todo poderoso y no es tan bueno. El ex presidente mexicano Luis Echeverría tendría la solución: Dios es todo poderoso, pero no es bueno ni malo, sino todo lo contrario. Todo depende del humor que tenga en ese momento. De modo que mejor procura estar bien con Él. No quieres ver a Dios encabronado ¿Y la ciencia? Estoy de acuerdo con Pierre Teilhard de Chardin quien dice que la religión explica lo que la ciencia no puede explicar, pero que la ciencia explica mejor las leyes de Dios cuando encuentra cómo funcionan los fenómenos de la naturaleza, y en cuanto eso sucede, hay que abandonar la explicación religiosa y adoptar la científica. Por eso me da risa y a veces coraje cuando Ezequiel Matías usa la religión para tratar de refutar las explicaciones más coherentes de la ciencia. Pues hasta la religión se vale de la ciencia para apoyar sus cimientos o desmentir engaños, de los que está llena. Como, por ejemplo, el asunto del Santo Sudario. Lo que pasa es que los textos religiosos antiguos se basaban en la ciencia de su momento. No tiene sentido oponer la religión a la ciencia moderna cuando ésta explica mejor las cosas  que aquella cuando está basada en una ciencia arcaica. Pero si tiene sentido que la religión nos llame la atención sobre problemas éticos y nos prevenga del mal uso de la ciencia. Pues la ciencia no debe de estar al servicio del mal, sino del bien.

   Me interrumpe mi hijo que ve en las redes que en México ya se está diciendo que se priorice la atención a los jóvenes, pues ya se están muriendo por coronavirus más jóvenes que adultos mayores de sesenta. Por su edad no deberían tener un riesgo pero lo tienen a causa de la diabetes o porque están recibiendo tarde los tratamientos. Esto, sin considerar las grandes desigualdades sociales que complican más las cosas y obligan a la gente a salir a la calle a ganarse unos centavos para poder sobrevivir.

   Bueno, me quito una lagaña de mi ojo derecho. Me picaba. No creo que me de el mal, pues tengo las manos limpias y estoy en mi casa. Me estiro. Me voy a desayunar y luego les platico. Doy un vistazo a este blog. El capítulo 10, que creo que me quedó bien, pero parece que va a ser censurado por Facebook otra vez ¿Será que consideran juguetes sexuales a las calaveras? La verdad es que la perversidad de los censores de Facebook me sorprende: la otra vez incorporé a la imagen del capítulo 3 un dibujo que muestra la evolución de la especie humana desde un monito parecido al chimpancé, que caminaba jorobado, seguido por el homo erectus, menos jorobado que el anterior, luego el hombre de Neardental y finalmente un hombre moderno, caminando erguido y garboso como un modelo masculino. Todos desnudos, pero sin que se les viesen sus órganos y ya por eso me prohibieron comercializarlo en su red social ¿O será que alguien está enojado en esa red porque en el capítulo nueve Ezequiel Matías dijo que Soros es más peligroso que Zuckerberg? Aclaré que yo no estaba de acuerdo con todo lo que decía Ezequiel Matías, quien se definió a sí mismo como morenazi, en tanto que yo soy más bien existencialista, como lo expliqué líneas arriba. En fin, veré con qué babosada me salen hoy. No creo que sea porque ya se me acabó el dinero para promocionarlo, lo cual no sería censura, sino ajuste de cuentas y ahí si ni para meter las manos.

   Tener que hablar otra vez del Nuevo Orden Mundial, de Soros, del Cabal, de Trump, Hillary y Obama me cae como patada en ayunas. Este asunto, para mí, al igual que el del conflicto entre chairos y fifís, me es very nasty, como diría Donald. Nunca he hablado del satanismo que dicen las redes sociales que practican varias celebridades de Hoollywood. Satanismo combinado con pedofilia. Argumentos nazis para endilgárselos a los masones. No lo creo. Seguro que investigo un poco más y encuentro que la mayoría de esos videos son fake news. Pero no descarto que haya locos que practiquen esas aberraciones. La verdad es que estoy eligiendo los temas en una especie de rifa donde tengo unos papelitos que selecciono al azar. Saco otro y tengo uno que dice “conflictos con los vecinos fifís desaforados”. La verdad es que me dan más miedo que el coronavirus. El otro día el vecino militante de El sol tlahuica mandó talar un arbolito de naranja que sembré en un parque del fraccionamiento “porque nada más daba espinas”. ¿Acaso no sabía el baboso que los cítricos pasan hasta diez años antes de dar frutas? Ese arbolito tenía ya nueve años de edad, en cualquier momento iba a aromatizar el parque con sus flores de azahar y a obsequiarnos con sus frutos. Pero no lo tiró por eso. Lo tiró porque yo fui representante de casilla de REGENERA durante las elecciones pasadas, el partido de los chairos. Con razón la naturaleza ya no sabe qué hacer para exterminar a los seres humanos. En otra ocasión mi hija me mostró una estadística con los peores depredadores del planeta.

   –¿Adivina cuál es el peor depredador?
   –El ser humano.
   –Te equivocas. El ser humano es el número dos.
   –Entonces ¿Cuál es?
   –El mosquito.

   Tiene lógica, si el ser humano es casi el peor depredador, muy por encima de los demás, el coronavirus y los mosquitos son la respuesta de la naturaleza para mantener el equilibrio homeostático eliminando al que podría ser el peor depredador. Esto, mientras la misma especie humana no haga realidad el argumento de  la película Terminator, donde un sistema de inteligencia artificial llamado Skynet se dedica a exterminar humanos, pues fue diseñada para eliminar plagas y sus estadísticas demuestran que el ser humano es el peor depredador. Saco otro papelito y los temas son: La Valse, la máscara de la muerte roja y el covid-19. Ya hablé de eso en el capítulo 10. Pero, como tal vez no me dejen promoverlo y éste si, les paso el link para que lo lean:


   Antes de ir a desayunar checo mis estadísticas en Facebook. El capítulo 11 ya está en circulación desde hace seis horas. Nada más hablo por hablar. Quizá por estar sometido a tanta propaganda blanquiazul y a tantas teorías de la conspiración me estoy volviendo paranoico. Llaman a la puerta. Es un repartidor de mensajería DHL, quien viene bien protegido con su cubre bocas instalado como debe ser, y unos guantes de plástico transparentes en la mano. Trae un paquete para mí. Me lo envía Marco Antonio Pastrana. Lo rocío con Lyssol. Me limpio los pies en una jerga empapada de cloro que tengo delante de la puerta de entrada. Corro al baño y me lavo las manos por veinte segundos, con jabón Zote. En seguida tomo el paquete y lo rocío con un detergente en polvo y lo lavo afanosamente. Lo seco. Abro el paquete. Es el diario íntimo de Marco. Tras dejar el libro asoleándose por varias horas durante dos días, abro la libreta y leo:

   «Estimado Jaime. Si llega este documento a tus manos, es que morí de COVID-19. No te preocupes, las últimas líneas las escribí con una mascarilla en la boca y guantes de plástico en las manos. Aún así, toma tus precauciones. Tal vez lo mejor es que lo escanees para que trabajes sobre las copias. Ya no me dio tiempo de hacer una novela; o, al menos, una narrativa personal. Pero me gustaría que alguien los publicase. Recuerda como nos gustaban estos versos de Netzahuacóyotl:

“¿Conque he de irme, cual flores que fenecen?
¿Nada será mi nombre alguna vez?
¿Nada dejaré en pos de mi en la tierra?
¡Al menos flores, al menos cantos!
¿Cómo ha de obrar mi corazón?
¿Acaso en vano venimos a vivir, a brotar de la tierra?
Sólo dejaré de ir cuando se acaben los jardines.
¿Qué será de mi fama con el tiempo?
¿Dejaré cuando menos unas flores, cuando menos unos cantos?
¿Qué hará mi corazón?
¿En vano hemos llegado a aparecer en el mundo?”»

   «No es por vanidad de vanidades. Si quiera que quede una huella y ésta sea de lo mejor que hemos dado.»

   Sentí un nudo en el estómago, perdón por el lugar común, pero ¿cómo quieren que les diga lo que sentí? No fue agradable, pero sí un sentimiento visceral. Empecé con la nota del 26 de septiembre del 2011:

   «Septiembre, mes de la patria. No todo ha sido festejo. Me siento tranquilo, aunque los últimos sucesos a menudo podrían haberme hecho pedazos los nervios. El sábado pasado  inició el diplomado en fotografía. El profesor planteó algunas de las falacias de la era digital, así como algunas de sus virtudes.  El problema para mí son los desarrollos contemporáneos, la historia reciente, la tecnología”.

   Pensé que era yo el único que no se llevaba bien con la tecnología, sobre todo con la tecnología y la filosofía post moderna.

   «Son similares en todas las artes: equipos caros con caducidad inducida cada vez más acelerada. No permiten trabajar más rápido y el resultado tiene menos calidad que lo que lograba uno en la era predigital.»

   «El segundo expositor, excelente. Es el héroe de la escuela. Para ahorrarme la primera mitad de su curso de nuevo me ayudó la edad para entender la historia antigua. Y creo que este expositor fue el primero en emplear la palabra “crisis”. Es una expresión vaga. Pero yo soy hijo de la crisis: mis abuelos, la Revolución Mexicana, la Primera Guerra Mundial, el crack del 1929; mis padres, la Guerra Civil Española, la Segunda Guerra Mundial, la Guerra de Corea. Mis padres y yo: la Guerra Fría: la Revolución Cubana, la Guerra de Vietnam, el 68. Nos tocó verlo desde varias aristas: los checoslovacos sometidos por los rusos, los franceses con su problemática y nosotros con la represión que culminó con la matanza del dos de octubre.»

   «A mí me tocaron, además del 68 y Vietnam, las dos guerras del golfo, las crisis económicas de 1976, 1982, 1988; y la actual, que ya ha tomado diez años pero que el día once pasado dio un giro inesperado con el atentado a las torres gemelas de Nueva York.»

   «Por años he tratado de evadirme jugando ajedrez, con idea de ganar un torneo internacional y mucho dinero. Pero el ajedrez mexicano está en crisis; en especial el de Veracruz, donde vivo.»

   «La industria editorial está en crisis. Dice Marshall Mcluhan que “el medio es el mensaje”. De modo que una película parece más atractiva que un libro para llegar a una audiencia multitudinaria. Pero el cine mexicano también está en crisis. La tercera expositora también estuvo muy bien. Ella fue la que nos invitó a llevar esta bitácora. Yo estaba feliz estudiando fotografía, pese al negro panorama comercial y a la tiranía de la tecnología digital. Me disponía a hacer una lectura. Me habló mi hermano. Mi hermana Teresita estaba en el hospital. Eran las 17 horas. Salimos a Toluca las 19 horas. Al día siguiente, en el cuarto 1411, se me heló la sangre: ahí yacía mi hermana, con un rictus agónico. La semana pasada, mi padre me había dicho que los pronósticos eran buenos y que ayer mi hermana saldría del hospital. No fue así: ayer la tuvieron que operar. Y tendrá que estar conectada a un riñón artificial por el resto de sus días. A menos que encontremos un donador. Para colmo, mi hermana se quedó paralítica desde la adolescencia. Ni siquiera puede hablar.»

   «A mi hermana siempre la veía despierta, como pensativa. Como queriendo hablar y reprocharme los largos meses de ausencia. O mi olvido. No entiendo los designios de Dios, pero sé que mi hermana se la pasó escuchando buena música y no pudo ser corrompida por este mundo, por la simple razón de que no pudo interactuar con él. El precio que pagó y el que pagaron mis padres e incluso mis otros hermanos fue muy alto. Pero ahora que la vi con un rictus agónico me di cuenta de cuánto la quiero: ella es la razón de vivir de mis padres y mi dolor va a ser muy intenso cuando ellos ya no estén con nosotros. Debo dar gracias a Dios de que ellos estén vivos y lúcidos, a pesar de sus ochenta y tantos años de edad.»

   «Con los cambios de las políticas modernas en materia de seguridad social, son mis padres los que mantienen viva a mi hermana; y, por una curiosa dialéctica, ella a ellos. Para las instituciones de seguridad social, Teresita es “una enferma crónica” y por tanto ya no tiene derecho a ser atendida en un hospital de salud pública, aunque lo necesite. Hijos de perra neoliberales.»

   Por un momento, me detuve en esta frase y recordé lo que me dijo mi hijo en esta mañana,  que ante la contingencia del COVID-19 y el caso de los mexicanos, en nuestro país se están muriendo más los jóvenes que los adultos de 80 a 89 años. Esto podría llevar a tomar la terrible decisión de quien tiene derecho a vivir y quien no. Me explico, en un sanatorio saturado, hay un respirador disponible y dos enfermos graves de COVID-19, uno de veinte años y otro de sesenta y cinco ¿A quién se le debe salvar la vida? Cuando estudiaba en la Preparatoria, el profesor de Ética nos planteaba que en el ejercicio de las profesiones pueden llegar momentos en que es muy difícil hacer lo correcto ¿A quien salvarle la vida? ¿A la madre o al bebé? ¿Qué va a ser de la vida del bebé sin su madre? Pero la madre ya vivió y el bebé no. Tal vez alguien lo podría adoptar. Igual aquí: el respirador podría darle de siete a veinte años de vida al sexagenario y sesenta y cinco al joven de veinte años. Se hace una simple matemática y se le da el respirador al que le faltan más años por vivir, aunque haya sido el responsable de que el sexagenario se contagiase. Por eso escogí ser escritor, para no verme ante tales dilemas, pues no me gustaría jugar a ser Dios y decidir quién debe vivir y quién no.

   Debo admitir que los pro-vida tienen razón en un punto: ¿Qué clase de sistema es aquél que hace a una madre odiar al niño que lleva en sus entrañas al grado de querer sacarlo muerto y destazado? Pero también tienen algo de razón los del bando contrario: ¿Por qué los pro vida se preocupan mucho de los que no han nacido, pero se olvidan completamente de los que ya nacieron? Ninguno se da cuenta de que el verdadero enemigo es un estado opresor que plantea este falso dilema, típico de los sistemas totalitarios. En la Alemania Nazi se consideraba que había vidas que sobraban, que estaban de más: los judíos, en primer lugar. Pero también los comunistas. Tenían que ser eliminados. E incluso, sus despojos industrializados: carteras y pantallas de lámparas con piel humana, cepillos con cabellos humanos.

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